Morena, en el fondo, desprecia al pueblo

Octavio Paz lo advirtió con lucidez: detrás del populismo existe un profundo desprecio por el pueblo, por su inteligencia y su sensibilidad. Y a esa desconfianza habría que añadir otra: la que siente por su libertad.

Ese desprecio nace de una idea muy concreta: el populista no ve en el pueblo un conjunto de ciudadanos, sino una masa que debe obedecer, agradecer y depender del poder.

Por eso Morena dice amar al pueblo, pero desconfía del individuo que piensa por sí mismo, aspira a superarse y busca dejar de necesitar su falsa filantropía.

Porque el desprecio no siempre se manifiesta como abandono. También puede esconderse en una ayuda concebida desde la superioridad de quien la entrega.

Hay personas —adultos mayores, personas con discapacidad o quienes atraviesan situaciones extremas de pobreza— que legítimamente necesitan el respaldo del Estado. El problema no es ayudarlas, sino aprovecharse de su necesidad para controlarlas: presentar como dádiva lo que es un derecho y después pasarles la factura en forma de obediencia, silencio y votos.

Cuando eso ocurre, la ayuda deja de ampliar la libertad y convierte la necesidad en una deuda moral.

Así opera el populismo: reduce a la persona a sus carencias. Primero la registra como beneficiaria; después la convierte en clientela; finalmente, la cuenta como voto.

Y esa misma desconfianza hacia la autonomía explica por qué López Obrador llegó a hablar de construir una clase media “no individualizada”. La expresión es reveladora: se acepta que la gente salga de la pobreza, siempre y cuando no se vuelva demasiado independiente.

Bajo la misma lógica, convirtió el “aspiracionismo” en una descalificación.

Pero querer estudiar, ganar más, emprender, comprar una casa, viajar o darles una vida mejor a los hijos no es egoísmo ni una traición al pueblo.

Es ejercer la libertad.

Y ahí está quizá lo que más incomoda al populismo: la superación produce independencia.

Una persona que cuenta con educación, patrimonio, trabajo y autonomía puede reconocer una buena política pública, pero ya no necesita agradecerle su vida al gobernante.

Puede exigir.

Puede disentir.

Puede cambiar su voto.

Puede decir que no.

Por eso Morena parece preferir a quien depende de la dádiva antes que a quien construye su propia vida; al beneficiario agradecido antes que al ciudadano exigente; a la masa obediente antes que al individuo crítico.

Y ahí aparece la contradicción más descarada: mientras al pueblo le predican austeridad, humildad y resignación, quienes ocupan el poder disfrutan del dinero, las propiedades y los privilegios que censuran en los demás.

Para el populista, la prosperidad sólo parece inmoral cuando es ajena.

En el fondo, Morena no ama al pueblo: ama su dependencia y espera convertirla en lealtad política.

Porque quien necesita del poder puede sentirse en deuda.

Quien es libre, cuestiona.

Amar verdaderamente al pueblo sería confiar en su inteligencia, reconocer sus capacidades y procurar que nadie tuviera que hipotecar su libertad a cambio de una ayuda del Estado.

Porque el pueblo no es una masa amorfa.

Está formado por individuos con rostro, inteligencia, voluntad, ambiciones y proyectos propios.

Pero el populismo necesita borrar esas diferencias, imponerles una sola identidad llamada “pueblo” y después arrogarse el derecho de hablar en nombre de todos.

Un poder que hace eso no representa al pueblo.

Lo suplanta.

No lo ama.

Lo desprecia.

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