Noroña, el siempre “vístima”

Fernández Lloroña se ha convertido en uno de los personajes más cómicos —involuntariamente— de nuestra política: un hombre que se disfraza de defensor del pueblo, un mártir de la democracia, que se cree revolucionario, pero siempre termina llorando cada vez que no se le premia.

A él no le duele la falta de democracia interna; sino el no ser elegido. Basta ver su último llanto: se queja como si le hubiera sucedido algo terrible, pero lo único que pasó es que Morena aplicó los mismos métodos que él ha defendido durante años, sólo que esta vez el premio no fue para él.

Morena eligió a Higinio Martínez para presidir la Mesa Directiva del Senado, justo el único cargo al que a Noroña le alcanzaba aspirar para tener más poder, presupuesto y lujos. Noroña no estuvo y respondió con un comunicado para avisar que su ausencia “rompe el consenso”.

¡Qué tragedia! Nuestro amigo con aspiraciones de revolucionario ahora sí descubrió el dedazo, casualmente cuando el dedo apuntó hacia otro lado.

Al igual que sucedía cuando Morena se llamaba PRI, el verticalismo se ha vendido como la disciplina a la que todos tienen que alinearse. La cargada, ordenada desde arriba y disfrazada con el eufemismo de unidad, no es más que obediencia vendida como conciencia histórica. Pero en cuanto lo dejaron fuera, todo se convirtió en imposición, traición y falta de democracia interna.

Y aquí viene lo más sabroso: hace unos días, en medio del desastre de Rocha Moya, la propia presidenta escribió que “el Pueblo no está para alimentar ambiciones personales”. Pues que alguien se lo lea despacito a Noroña; que se vende como un buen lector, pero parece que no comprende nada cuando la frase también le queda a él.

Porque eso es exactamente lo que estamos viendo: un político disfrazando su ambición personal de preocupación democrática.

Ese es Lloroña: un bravucón contra el poder cuando no es él quien se lleva el premio, y un obediente soldadito cuando la silla sí le toca. Él nunca defiende principios. Defiende su megalomanía, sus ganas de mandar y de que quien lo ofenda tenga que pedirle disculpas ante el pleno. Lo suyo no es rebeldía. Es el ignominioso berrinche de un político que confunde dignidad con aplausos, justicia con protagonismo y democracia con que le den lo que él quiere.

Noroña quiere que le llamen congruencia a su resentimiento, pero todos vemos lo mismo: un político que se siente víctima cada vez que no lo premian.

Como buen líder de izquierda, cuando gana, gana el pueblo. Cuando pierde, es falta de democracia.

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