Hay que tener algo muy claro: el gobierno nunca regala absolutamente nada. Cada peso que entrega salió o saldrá del bolsillo de los ciudadanos.
Ese dinero sale de algún lado: de las medicinas que no se compran, de las carreteras que no se reparan o de una deuda que no pagarán quienes hoy se paran el cuello, sino nuestros hijos, nuestros nietos y varias generaciones más.
Y entonces aparece la defensa más miserable: “antes robaban y no daban nada”.
Primero, es falso. Antes el dinero público también se convertía en escuelas, hospitales, carreteras, medicinas, vacunas que sí llegaban y servicios que beneficiaban a todos y construían futuro. La diferencia es que una carretera o un hospital no llegan con el nombre del gobierno en un depósito bancario ni producen agradecimiento personal.
Y ahí aparece el cálculo más miserable de AMLO: atender a un enfermo grave es costoso y salva una vida a la vez; construir hospitales, reparar carreteras y levantar infraestructura requieren capacidad, tardan años y sus beneficios pueden durar generaciones. En cambio, repartir cantidades pequeñas entre millones es inmediato, visible y electoralmente rentable.
Por eso dejan de lado el beneficio colectivo para maicear mayorías: sacrifican las obras que verdaderamente transforman un país por depósitos que pueden convertir en votos y garantizar la privilegiada vida de esos políticos. Lo que construye futuro tarda años; lo que compra agradecimiento cabe en una tarjeta.
Segundo, la frase “antes robaban y no daban nada” no defiende a Morena: nos confiesa hasta dónde se ha degradado la exigencia ciudadana. Es el eco lopezportillista de “el PRI roba, pero reparte”, ahora repetido por quienes prometieron acabar con el PRI. Y así, como antes, muchos ciudadanos ya ni siquiera niegan el saqueo: lo perdonan ciegamente porque sienten que una parte vuelve a sus bolsillos.
Como si devolverte unos cuantos pesos de lo que tú mismo pagaste autorizara al gobierno a quedarse con el resto, abandonar hospitales y endeudar a tus hijos. Morena no acabó con la vieja cultura priista: la bancarizó y la rebautizó como: Tarjeta del Bienestar. Pero la operación no termina con el depósito. Después viene el cobro político.
La miseria no está en entregar un apoyo a quien lo necesita. Está en presentarlo como si nos hicieran un favor y pretender que quien recibe una pensión, una beca o cualquier programa social está obligado a agradecer, votar y cerrar la boca. Háganme el puto favor.
Si recibes dinero y criticas al gobierno, te llaman malagradecido. Si señalas la corrupción, te recuerdan el depósito. Si votas por otro partido, pareciera que traicionas a quien supuestamente te mantiene.
Como si aceptar un derecho pagado con tus propios impuestos te quitara el derecho a pensar, opinar y exigir cuentas.
Eso es el clientelismo: utilizar el dinero de los ciudadanos para comprar la obediencia de los mismos ciudadanos. Te devuelven unas migajas de lo que aportaste y, a cambio, pretenden quedarse con toda tu conciencia.
En el cuento que todavía se cree buena parte del país, los políticos son los buenos y empresarios como Ricardo Salinas son los malos. Salinas podrá tener todos los defectos y litigios fiscales que se quieran; no es un santo ni hace falta convertirlo en uno. Pero sus empresas pagan impuestos y aportan al erario cantidades que ningún político pone de su bolsillo.
Los políticos no financian los programas sociales. Al contrario: también nos cuestan, y un chingo, porque somos nosotros quienes pagamos sus salarios, asesores, escoltas, viajes, vuelos privados, comidas y todo tipo de privilegios.
Después toman el dinero aportado por trabajadores, consumidores y empresas, lo reparten con los colores de Morena y se paran el cuello como si hubieran vendido su propia casa para ayudar a los pobres.
La desvergüenza es perfecta: nosotros ponemos el dinero; ellos cobran el sueldo, reparten lo ajeno, se quedan con el agradecimiento y todavía los culeros nos piden obediencia.

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