Para cualquier persona con tantita cabeza era evidente que la Megafarmacia no sólo era una mala idea, sino una auténtica pendejada logística: concentrar los medicamentos del país en una bodega gigantesca, a mitad de la nada, no iba a resolver el desabasto.
Pero a los políticos les importa el aplauso, aunque sea efímero. Les importa aparentar que hacen, aunque tengan plena conciencia de que están tirando el dinero a la basura.
Y esas cosas al poder no le importan. ¿Por qué habrían de importarle? No era su dinero y no eran sus enfermos.
Esa es la verdadera miseria: los políticos pueden tirar miles de millones a la basura porque no salen de su bolsillo. No comprometen el tratamiento de sus hijos; ellos van al ABC. No deja de haber comida en su casa. No hipotecan el futuro de su familia y mucho menos se forman en una clínica esperando una medicina que nunca llega.
La factura la pagan otros: los pacientes, los médicos, los hospitales y los contribuyentes.
A los políticos les importa otra cosa: el aplauso, la foto, la inauguración, el monumento, decirse humanistas. Gobernar, para esta clase política, no es resolver problemas: es producir descarados montajes donde ellos parezcan los salvadores.
La logística, el costo, el desabasto, la deuda, la vida concreta de los enfermos y el costo futuro se los pasan por los huevos.
La Megafarmacia fue eso: una pendejada nacida de un pendejo, carísima y financiada con dinero ajeno. Una bodega levantada para alimentar el ego de un presidentito, no para curar a ningún paciente. Basta ver sus resultados. Basta ver lo que es hoy.
Cuando un gobierno tira así el dinero público, debemos estar conscientes de que no tira papel: tira medicinas, tratamientos, consultas, quimioterapias, salarios, escuelas, carreteras y vidas posibles.
Pero eso a los políticos no les importa. Para ellos el presupuesto no es el esfuerzo de millones de personas; es utilería. Les sirve para inaugurar, presumir, comprar aplausos y fabricar símbolos. Si el símbolo fracasa, hay más dinero para inventarse otro. Ya vimos los carritos sandwicheros de la presidenta. Al final queda la deuda, y la pagarán otros: no ellos, no sus familias, no sus futuros asegurados.
Esa es la crueldad: no sólo gastan mal. Gastan como quien juega con dinero de Monopoly, porque las pérdidas siempre caen en la vida de alguien más y nunca en la de ellos.
La Megafarmacia sólo comprobó eso: no les importan los enfermos. Se importan ellos y su popularidad.

Deja un comentario