Claudia Sheinbaum: dos años encubriendo el montaje del asesinato de Héctor Melesio Cuén

El pasado 25 de julio se cumplieron dos años del asesinato de Héctor Melesio Cuén. Dos años de impunidad. Dos años de un montaje descubierto. Dos años de hacernos pendejos: autoridad, gobierno y ciudadanía.

La noticia ya no es el crimen. La noticia es el cinismo del encubrimiento que ya duró más de dos años.

Primero quisieron vendernos una historia barata: Cuén había sido atacado en una gasolinera durante un intento de robo. Un crimen común. Un asalto más. Una escena lo bastante vulgar como para borrar la verdad: que Cuén no murió ahí, sino en la finca de Huertos del Pedregal, el mismo lugar donde fue secuestrado el Mayo Zambada.

Esa coartada Claudia la conoce bien, porque fue la propia FGR la que desmintió la versión. Ella sabe que la sangre de Cuén apareció donde no debía aparecer si el cuento del robo fuera cierto. El montaje provocó, de momento, la renuncia de la fiscal Sara Bruna Quiñónez, pero Dámaso Castro, quien presentó junto con ella el video de la gasolinera, no cayó por el montaje: fue incluido por Rocha en la terna para fiscal y después ratificado como vicefiscal. Es decir: al montaje no lo castigaron; lo reacomodaron en el organigrama.

Es el cinismo absoluto. Es pasarse la ética por los huevos y hacerlo con descaro. Lo increíble, casi de risa loca, es que la presidenta todavía se asuma como humanista. ¿A quién quiere hacer reír?

Para periodistas, jueces, empresarios y opositores, Claudia sí tiene condena. Desde Palacio Nacional acusa, descalifica, exhibe y reparte sentencias morales. Pero mientras habla como conciencia moral del país y cambia nombres en honor de los pueblos indígenas, se le olvida que es cómplice política del encubrimiento de un asesinato que, a pesar de todas las pruebas, se niega a aclarar.

En este montaje y encubrimiento, la retórica se vuelve una gran aliada para evitar que Morena salga salpicada: de pronto, Claudia sabe lo que es la prudencia, la autonomía de la FGR y el debido proceso. ¡Qué conveniente!

Con esto queda expuesto de manera evidente que la presidenta no está esperando pruebas. Está esperando que el escándalo se enfríe. Porque las pruebas de la mentira ya existen. Lo que no existe, para que el manto protector llegue hasta Palenque, es voluntad política para decir quiénes fabricaron esa mentira y a quién estaban protegiendo.

Por supuesto, Claudia no aparece en el disparo: apenas era presidenta electa. La pregunta es por qué, ya como presidenta, continúa protegiendo, pidiendo pruebas y dando atole con el dedo.

Como dijo la propia Fiscalía, la presidenta sabe muy bien que hubo montaje. Y aun así no le preocupa exigir responsables. No es prudencia. No es respeto institucional. No es cautela jurídica.

Es, sobre todo, lo que mejor sabe hacer: proteger a los suyos bajo un manto de impunidad, aunque ese manto quede manchado de sangre.

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