La buena esposa

“Sin saberlo, creyendo que lloraba por mí, en realidad lloraba por los dos más agrios dolores del hombre: el amor y el adiós”. Josefina Vicens, El libro vacío

Me han censurado; me dijeron que mis ideas eran viejas y dieron por terminada mi columna. La gota que derramó el vaso fue mi última aportación, en la que básicamente hice una crónica de mi vida en estos momentos. Deben saberlo: soy una mujer casada desde hace cuarenta años, por lo que me pareció pertinente narrar mi experiencia a los lectores que he formado y, al parecer, ese fue mi pecado.

Por mi año de nacimiento, siempre me clasifican como baby boomer, pero mi alma es más millennial que la de muchos jóvenes. Me frustra no entender.

Ahí ando indagando en todo tipo de tutoriales. Un día escribí que había que dar un reconocimiento colectivo a todos los que comparten sus conocimientos en YouTube.

Ya luego le ando enseñando yo a mi hija, imagínenme. Había pensado en revelar mi nombre, pero, por ella misma —mi niña universitaria, que tanto sufre por las locuras de su madre—, decido que no. Digamos que soy una persona que llega a aparecer ocasionalmente en los medios, y ya me imagino a la pobre sufriendo por lo que le van a decir en la escuela. Afortunadamente, bajaron la columna, por lo que tampoco podrán buscarla.

Algo que mi generación debe aceptar es que las redes sociales han cambiado el mundo. Un comunicador, cualquiera que sea su área, debe desarrollar una doble vida que cada vez se hace más indispensable para poder sobrevivir en los medios clásicos. Perdón por darle tantas vueltas, pero es que mi situación me pone así, como Periquita. Me estresa que no comprendan que hay que ser tolerantes con las opiniones distintas de la propia.

A lo que voy es que, desde la mañana, cuando salió publicada mi columna tanto en el periódico impreso como en el digital, no han dejado de llover calificativos hechos piedra que, en efecto, funcionaron. A las dos de la tarde, me habló el propio director para darme las gracias; me dijo que esperara uno o dos meses y que todos los medios iban a estar hasta peleándose por una pluma como la mía.

Yo cuestioné abiertamente su capacidad de criterio, gritándole —no me importa que me digan histérica; lo soy, no me dejo— si sabía distinguir entre una posición inteligente y una emocional, entre una mayoría calificada y una horda de pendejos. También le dije que, en la lucha por los clics, había prostituido su periodismo y ahora comenzaba a hacerlo con la opinión. Ahí fue cuando me dijo que, simplemente, mis ideas eran viejas y colgó el teléfono.

Lo comprendo: las redes sociales son un espectáculo, al igual que lo fue el circo romano. La ambición es ser el mejor gladiador; la arena quiere gozar del placer por el mal ajeno, sentimiento para el cual no existe una palabra en español, pero vaya que nos urge un término.

El internet hizo que los imbéciles se dieran cuenta de que eran mayoría, por lo que comienzan a gobernar. Lo peligroso es que buscan eliminar las particularidades, limitando todos los asuntos a dos opciones: blanco o negro.

Siento furia al ver coartada mi libertad de pensar, de amar y de expresarme porque, supuestamente, no se adapta a lo que nos quieren hacer creer que son las nuevas ideas. Pero se trata más bien de pereza mental: lo que menos preocupa a la masa —sí, porque eso son: zombis sin criterio y con las emociones a flor de piel— es la generación de sus propios y únicos ideales. Condenan y solo repiten, como si pensar diferente estuviera mal. Cada vez es más común ver cómo los argumentos frescos e inteligentes se diluyen en mantras que la gente defiende a capa y espada, convencida de que está en lo correcto.

Pero no nos desviemos más. En resumen, después de reflexionar un rato y analizar cada una de las opiniones lanzadas el día de hoy en Twitter y sus perfiles, pensé en dar una respuesta general, sin olvidar que al polvo siempre se lo lleva el viento. He decidido empezar por copiar mi columna para que no haya malentendidos y para que sepan de dónde parten mis explicaciones.

La fórmula de la felicidad

Hoy les escribo desde La Habana, ciudad de abundante belleza natural, pero aún lejos de la dignidad y la comodidad del progreso. Por la mañana, hay un espectáculo increíble: el cielo y el mar danzan hasta convertirse en un mismo azul, en contraste con su arquitectura derruida y sucia. La dignidad es un lujo limitado a dos estilos de vida: el político y el militar.

A pesar de todo, han logrado edificar una Cuba ficticia, la misma desde donde escribo: un bello escenario construido al borde del horror, al que los cubanos no tienen permitida la entrada. Desde nuestro balcón puedo ver la cárcel del Morro, donde años antes fueron torturados Reinaldo Arenas y muchos otros sin nombre por el mismo régimen político que aún sigue vigente.

Para mí, este montaje ha sido el escenario perfecto para desempeñar el papel de la buena esposa. Este año mi marido y yo celebramos cuarenta años de matrimonio y hemos decidido pasar un par de meses en la isla.

Airbnb ha facilitado todos los trámites para hacer cualquier tipo de arreglo flexible en las rentas, aunque, si lo pensamos, la única solución que dio fue volvernos confiables. La cocina del lugar donde nos hospedamos ha sido remodelada y es increíble, aunque, para sorprender a mi querido, me las he tenido que ingeniar con los ingredientes: no hay gran variedad en los tristes mercados. Aun así, mi marido está contento.

No hace más que comer y escribir, y eso para mí es suficiente. Me dedica tiempo y hablamos de lo que leyó o escribió por la mañana, durante la hora de mi segundo sueño. El primero me vence cuando él comienza su carrera contra el canto del gallo; mi cuerpo está tan conectado al suyo que es el momento en el que me acomodo para que, sin decirnos nada, hablemos en nuestra lengua más primitiva.

Él está a punto de terminar su segundo libro. Yo aprovecho para conocer algunos de los rincones de la ciudad, buscando rastros de cada escritor de la isla que recuerdo: Cabrera Infante, Carpentier, Lezama, Virgilio, Reinaldo Arenas y, de nuevo, Reinaldo Arenas. En el parque Lenin pasé horas sentada viendo las copas de los árboles. Lo veo agotando el sol y le digo: “Reinaldo, tú también lo sabías, condenado: a pesar de todo, la fórmula de la felicidad está en la esperanza y el amor”.

Para mí es importante que, cuando se habla de masa, uno no caiga en el juego de particularizarla, por lo que he decidido hablar de los temas mencionados con mayor frecuencia.

¡Capitalista de mierda!

La verdad es que a mi generación le causa suma ternura encontrarse con jóvenes idealistas, nuestro espejo, pues, como toda generación, los que fuimos hijos del 68 crecimos creyendo que seríamos nosotros quienes cambiaríamos las cosas y que el comunismo y Fidel representaban el rumbo hacia la equidad.

Pero hemos vivido lo suficiente para tener claro que el comunismo, el socialismo y cualquier experimento con esta clase de ideas están destinados al fracaso por el simple hecho de que atentan contra la libertad. En Cuba la gente pasa hambre y, aun así, por absurdo que se escuche, le prohíben pescar. ¿Acaso el gobierno lleva un censo de peces?

Por supuesto, no es una medida, como dicen hoy, pet friendly, sino una ley que parte del miedo de los políticos a que la gente cambie de mentalidad al producir por sí misma, lo que se vuelve peligroso para cualquier parásito del erario, pues lo peor que les puede pasar es que la gente se dé cuenta de que no los necesita.

La más seria contradicción de quienes se dicen comunistas, desde mi punto de vista, radica en el orgullo de ser obreros. Una idealización, creo yo, basada, por lo general, en el orgullo familiar; pero esto me parece pura propaganda para seguir siendo seres que obedecen y no que piensan: hormigas al servicio de una minoría llamada políticos.

No los quiero abrumar más con este discurso de panfleto capitalista. Por supuesto que hay desigualdad y bastantes injusticias que erradicar.

Pero, aun así, sí, tienen ustedes mucha razón: soy una capitalista de mierda y estoy orgullosa de eso.

Miembro de la derecha fascista (también fascistoide [sic])

Cuando veo este tipo de insultos, tan comunes que he tenido que darles lugar, no hago más que reír. Basta ver tan solo algunos de los perfiles de los que provienen los comentarios para comprender la génesis de sus palabras, carentes de toda originalidad. Piensan que hacer uso de un término como fascista vuelve más inteligentes sus argumentos, cuando solo denota una vasta ignorancia y el deseo de encasillarlo todo en dos opciones.

Creo que he dejado claro hacia dónde me iría si me dieran a escoger entre la izquierda y la derecha, blanco o negro, pero esto va más allá de las corrientes de pensamiento. Difícilmente llegaremos a consensos. No existen las ideas perfectas: una decisión siempre tiene costos, beneficiarios y afectados; pero, realmente, el problema del mundo radica en la carencia de ética.

Comparto con Marx la idea de que la religión es el opio del pueblo, pues las religiones están plagadas de gente con miedo que no piensa y prefiere que le digan qué debe hacer, qué es correcto y qué es incorrecto. Incluso, más de una vez, he votado por candidatos de los que se llaman de izquierda cuando sus argumentos, propuestas y carrera son mejores que los de su competencia.

A diferencia de muchos, sí creo en el pago de impuestos y en utilizarlos para equilibrar una balanza que carga años de profunda marginalidad, generando vórtices de los que, para muchos, es imposible salir.

A lo que voy es que debemos erradicar toda ideología y etiqueta de nuestra cabeza y enseñarnos a escuchar y pensar, sin obligar al otro a hacerlo de la misma manera.

¡Matrimonio misógino!

Creo que por el coraje me he desviado, pero es aquí donde más mella ha hecho mi artículo, pues me corrieron por culpa de los grupos más radicales. Incluso recibí críticas muy duras que sí me dolieron, sobre todo las de otras mujeres a las que yo aún considero respetables, que se lanzaron, como se dice, con todo y sus seguidores. También hubo hombres ridículos que, con tal de ser percibidos como “correctos”, ahí andan repitiendo consignas vacías. Pero no merecen mi espacio.

Debo comenzar por defender a mi marido, a quien considero el menos misógino. Su virtud, desde mi punto de vista, radica en nunca juzgarme a mí ni juzgar lo que hacen las mujeres, sea cual sea la acción; se preocupa por entender lo que hay detrás y es capaz de abrazar cualquier herida. Lo sé por experiencia.

A mí qué más me da si es él quien cocina; prefiero que ame mi libertad, respete mi placer y sea capaz de besar cada una de mis heridas, sin que entren en juego quién soy y mi valor.

Aun así, si mis acciones o palabras siguen siendo juzgadas como misóginas, no pienso discutir; probablemente sea yo quien esté equivocada, pero, al final de cuentas, ¿qué importa? Para mí, la mayor virtud del ser humano es crear sin meterse en la vida ni en las opiniones de los otros; como dicen, vivir y dejar vivir.

Por último, me despido, no sin antes recomendar la lectura de Hipatia de Alejandría. A quienes haya podido incomodar y que, después de leer a la filósofa, sientan unas ganas terribles de debatir conmigo, les aconsejo empezar por juzgarse con la misma dureza siniestra con la que juzgan a los demás. Si aún imperan las ganas de decirme algo, permítanme ser yo quien, antes, los mande, como se dice popularmente, a chingar a su madre.

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