La Guerra por el Ártico

“La condición del enamoramiento es, según dicen, la incapacidad de ver”.Guadalupe Nettel, Después del invierno

Groenlandia, como era de esperar, fue un desastre. Fue mi culpa: jamás debí haber aceptado la invitación de Edgar y, por más que he repetido a todos que no tenía idea de que me lo propondría, fue lo primero que supe cuando vi los boletos en mi correo.

Un año atrás estuve a punto de obligarlo a casarse conmigo. Llevábamos doce años de novios; era el año en que yo cumplía treinta y en que se casaba Gris, de quien pensamos que nunca lo haría y que sería la única soltera de mi grupo de cinco amigas. Ya todas empezaban a hablar de tener hijos al mismo tiempo, pero él me dijo que no, porque todavía no podíamos con los gastos de la boda y mucho menos con los de una casa. Habíamos visto a algunos de nuestros amigos fracasar o al menos pelear por sus deudas, así que terminé comprendiéndolo.

Poco antes de aquella situación, Edgar había dejado de trabajar para dedicarse de lleno a una segunda carrera, según él, con el fin de obtener un mejor trabajo y darme una vida de mayores comodidades.

Quizá fuera lo monótona que puede ser la cotidianidad en provincia, pero en ese momento yo estaba de acuerdo con sus palabras. Quería la misma vida que mi madre, mis tías y mis amigas: un marido a quien amar, tener hijos y dedicarme a ellos, hacer tareas, los mejores disfraces, ir a los festivales escolares y demás.

Para consolarme de su rechazo a casarse en ese momento, me prometió que más pronto de lo que esperaba me lo propondría, que tendría tanto dinero que sería algo muy especial. Me preguntó de la manera más linda, hay que reconocérselo, por el lugar que me gustaría contarles a nuestros hijos como el sitio de nuestro compromiso. En ese momento pensé en mi amiga Olga, a quien se lo habían pedido en Capadocia, volando en globo sobre un desierto dorado; así que de inmediato vino a mi cabeza la imagen de Australia. Era un territorio que anhelé conocer desde que tenía siete años, gracias a mi prima, la mayor, que al volver de su intercambio escolar en la isla me trajo un koala de peluche que despertó una gran obsesión, una que me duró algunos años.

Por eso, en ese instante le respondí a Edgar, basada en la misma información que había dicho mi prima Licha aquel día al contar su viaje de intercambio y que se me quedó incrustada, que me gustaría que fuera en la isla más grande del mundo. Literalmente me limité a esas únicas palabras, supongo que por querer ser original, por no ser tan obvia, por snob, por estúpida…

Nos besamos y nadie más volvió a mencionar aquel tema. No fue sino hasta casi dos años después de esa bella escena, cuando nuestra relación estaba sumergida en uno de sus peores valles y vi en mi correo los boletos junto con la explicación del tour a Groenlandia, que caí en cuenta de mi posible error geográfico. Mientras tecleaba en Google “isla más grande del mundo”, rogaba que fuera él quien se hubiera equivocado, pero cuando comprobé que la imbécil había sido yo y que Groenlandia es el cuerpo de tierra rodeado por agua más extenso del planeta, supe de la inminente propuesta. ¿Quién se acuerda de Groenlandia?

—¿Llevarás tacones? —me preguntó Casandra, mi hermana, de manera irónica cuando hablamos por videollamada. La había buscado para desahogarme y explicarle con espanto cada una de las travesías de la excursión: una aventura ecoturística de cuatro días por el Ártico. Ese era el marco en el que me propondrían matrimonio. Para hacer aún más dramática mi situación, yo ya no estaba segura de querer aceptar la propuesta. Al contrario.

Los que me conocen ya han de saber que nunca le dije nada a Edgar de mi penosa confusión, solo a mi hermana, quien, para intentar salvarme, me obligó a hacer que él fuera a su casa, la casa de mis papás, para que explorara las posibilidades de cambiar el destino. Le pedí que le contara sobre mi odio a viajar en grupo, manía de la que él era más que consciente, y que le mostrara mi álbum de la infancia con afiches de Australia, del cual él no tenía idea.

Cuando Casandra me regresó la llamada, me contó que Edgar, de manera amable, le explicó el motivo del destino: había sido yo quien lo había pedido. Mi hermana tampoco dijo nada sobre mi error, pero le mostró el álbum, por llamarlo de algún modo, que había sido una manía mía hasta que cumplí quince años, después de decepcionarme de que no me hubieran mandado al programa de intercambio que había hecho mi prima.

Él simplemente dijo que tomaría en cuenta ese destino para la luna de miel. Luego Casandra cuestionó mi gusto por los viajes en grupo, a lo que él contestó que, por más que había investigado cómo ir a Groenlandia, la isla más grande del mundo, por nuestra cuenta era casi imposible; por eso hacer el viaje de manera colectiva resultaba casi la única forma de conocer una de las regiones más inhóspitas del mundo.

Antes de colgar, yo creo que fue demasiado obvia en sus intenciones. Me dijo que Edgar le contestó que le parecía demasiado insensible de nuestra parte sugerir la cancelación de algo que le había costado una verdadera fortuna. Solo supe mucho después que sus padres le habían ayudado a pagar al enterarse del motivo y que él había sobregirado sus cuatro tarjetas de crédito.

Casandra me hizo sentir comprometida a ir y, para animarme, me aconsejó que, si no estaba segura de comprometerme, de todas formas le dijera que sí, que no me arruinara el viaje, me la pasara bien y no tomara ninguna decisión definitiva hasta mi regreso.

Para cuando empezó su segunda carrera, yo me titulé como administradora hotelera, trabajé un año dentro de la Secretaría de Turismo estatal y, con el cambio de gobierno, debido a mis buenos resultados en tan poco tiempo, me promovieron a un puesto similar a nivel federal, lo que exigía mi cambio de residencia a la Ciudad de México.

Por un momento pensé en quedarme, sobre todo por él. Yo estaba aún muy enamorada y sabía que la separación no sería fácil para nuestra relación, pero al final acepté.

Él me acababa de aplazar la idea de un pronto matrimonio, tampoco quería buscar trabajo y a mí se me abrió un mundo increíble, diferente a lo que había planeado. Me gustaba, me gusta, sentirme importante. Así que me aferré fuerte a mi razón, dejé todos los sentimientos a un lado y le avisé de mi ascenso, de mi inminente cambio y de que nada podía hacer para impedirlo.

Al inicio pareció incrédulo; le era imposible comprender cómo había tomado aquella decisión yo sola. Me limité a contestarle que, si hubiésemos estado casados o al menos comprometidos, o lo viera encaminado a hacerlo, no perdiendo el tiempo con gente diez años menor que él, probablemente mi respuesta habría sido otra.

Saqué todo lo que guardaba. Terminé aseverándole que era un inmaduro, que mi objetivo al tener una pareja sí era ver a futuro y que, a pesar de ser cinco años más grande que yo, lo empezaba a ver cada vez más pequeño. Al final, con lágrimas en los ojos —me gusta recordarlo como escena de telenovela—, me abrazó y dijo que yo era lo más importante, que me apoyaría en cada una de mis decisiones y haría todo para estar conmigo.

Como los dos meses previos al viaje, el vuelo a Barcelona, nuestra primera escala, también fue de tensa calma entre ambos. A la semana de haberme enviado los boletos, mi jefe me avisó que, junto con dos compañeros, era candidata a recibir una beca para realizar una maestría en Estados Unidos. Guardé la noticia de la beca lo más que pude y, si no hubiera sido porque la fecha de mi entrevista se cruzaba con el viaje, no hubiera dicho nada. Esa vez hizo un escándalo brutal. Nunca lo había visto tan fuera de sí. A manera de acusación, tuvo el mal tino de mostrar su enojo y frustración afirmando que de seguro me estaba acostando con mi jefe; gritó que no comprendía tanta caridad ni tantas coincidencias para alejarme de él.

Pendeja yo, pero en ese momento mi respuesta fue reenviarle los enlaces y correos donde estaba toda la información sobre el intercambio. También le marqué frente a él a mi jefe, que sin problema me prometió gestionar mi cambio de fecha. Cuando le expliqué el motivo, estuvo más emocionado por la aventura congelada.

Llegamos al aeropuerto de El Prat y de inmediato fuimos recibidos por Antonio, el dueño de la agencia y guía: un andaluz muy bien parecido y bastante atlético, del tipo Pierce Brosnan en look encanecido y con barba, quien nos presentó a los españoles: una pareja acompañada de tres amigos de más o menos nuestra edad. Dijo que éramos la mitad de la expedición; la otra parte ya nos esperaba en Reikiavik, adonde llegamos sin ningún contratiempo en vuelo comercial.

En el diminuto aeropuerto internacional islandés nos encontramos con el resto del grupo: cinco amigos noruegos, tres hombres y dos mujeres un poco más jóvenes que nosotros, así como con una mujer de tipo valquiria, Anita, la otra guía y pareja de Antonio. De ahí, en dos camionetas, nos trasladamos a un pequeño aeródromo, un viaje al norte de dos horas entre montañas grises y un mar pálido, donde tomamos un chárter rumbo a Nuuk, la capital de Groenlandia.

La isla, vista desde el aire, es un enorme iceberg encallado sobre la tierra. De acuerdo con Toño —como empecé a decirle al guía desde que despegamos—, en distintas regiones la capa de hielo alcanza hasta los tres kilómetros de grosor. El espectáculo por la ventana, que Edgar ignoró porque iba dormido, me dejó muda: un imponente y resplandeciente muro blanco, que tiene de ancho casi la misma extensión que la isla, nos daba la bienvenida.

La expedición se dividió en dos: de un lado los noruegos, a los que identifico como “los güeros”; del otro, nosotros, los que hablábamos español, a quienes Toño, que no habla ni pizca de inglés y a quien Anita le traduce todo, no paró de dispararnos datos sobre la región. Declaró que todavía casi a nadie le importaba, porque aparentemente no hay nada más que hielo, pero que pronto, calculaba que a mitad del siglo, debido al calentamiento global, sería territorio de disputa. Bajo el enorme desierto congelado se escondía, según las leyendas vikingas, tierra fértil, así como cantidades impensables de petróleo, litio, gas y oro. “Parece que aún todo es montañas y nieve, pero el último año ha sido brutal; hay menos hielo que nunca”, contó. Recuerdo que pensé que era normal, que todo cambia, pero no dije nada.

Poco después de irme a vivir a la ciudad, Edgar dejó su segunda carrera y prefirió, a pesar de sus más de treinta y cinco, entrar como becario a un despacho de abogados; pero al menos había comenzado a centrarse.

Mientras lo veía cargar mi maleta, la única del grupo que no era backpack, sino un enorme rectángulo de casi un metro de plástico duro, me convencí de que aceptaría su propuesta matrimonial. Concluí que ningún hombre haría nunca lo que él hacía por mí mientras entrábamos a la casa de los anfitriones, hecha especialmente para recibir grupos y con las mismas comodidades de un hotel de tres estrellas. Eso sí, con excepción de los colchones. En algún momento del viaje nos contaron lo caros y difíciles que eran de conseguir por los gastos de transporte.

Después de dejar el equipaje en nuestro cuarto, donde vimos que había dos camas individuales, y de entregar nuestros pasaportes de manera voluntaria —los anfitriones contaron que habían tenido un par de experiencias desagradables—, nos invitaron a cenar. Pensé que sería una comida normal en el comedor, pero resultó que era una parrillada en el jardín. A mí me pareció una terrible idea: me dolían los huesos. Para los tampiqueños, cualquier frío menor a los diez grados centígrados es motivo suficiente para dejar de ir a la escuela y al trabajo, pero Edgar tampoco dijo nada; apenas se movía.

Regresé al cuarto por mi enorme chamarra, que compré especialmente para el viaje, mis guantes y mi bufanda. En un asador hecho de ladrillos, dos inuit, ayudantes de los guías, Kunuk y Naja, hermanos y también vecinos del matrimonio, vestidos con trajes típicos del país, nos habían preparado foca a la leña.

Al principio sentí un poco de asco, como si me ofrecieran perro. Anita, que era vegana y seguramente notó mi cara, empezó a servirme de su ensalada de col morada, que se veía como una oda a la insipidez. Entonces, con sonrisa falsa, siendo quien no soy, le dije que una buena viajera no debía dejar de probar, sin importar que en este caso se tratara de unos tiernos animales. El sabor no era nada desagradable: una carne un poco más dura y salada que la de puerco. Edgar aprovechó que nos habíamos quitado los guantes para tomar mi mano, pero le dije que me era imposible comer así.

Ya en la sala, poco después de las diez de la supuesta noche —durante el verano, dentro del círculo polar ártico, es como estar dentro de una granja artificial donde no hay descanso: el sol nunca se oculta—, Antonio se dijo emocionado, ya que estaba particularmente frío y, si íbamos al mirador, probablemente podríamos ver alguna estela de aurora boreal, por lo que propuso ir, actividad que no estaba contemplada.

Los españoles y Edgar fueron los más entusiasmados con salir a congelarse. Nos subieron en dos enormes camionetas todoterreno, en las que muy pronto salimos de la ciudad hacia la intemperie. En la isla no existe ninguna carretera, así que, solo siguiendo la brújula hacia el este, en no más de quince minutos pudimos llegar a una montaña donde el frío era mucho más agudo y todavía teníamos que caminar hacia el punto más alto. Cuando vi la aurora boreal, una luz tenue verde sobre el cielo, concluí que quizá era como París: la idea es más poderosa que la realidad.

Preferí observar la ciudad, que parecía una villa navideña diminuta. La arquitectura de los groenlandeses es bastante peculiar: sus casas son pequeñas cabañas con techos de dos aguas, todo bajo el marco de la imponente montaña de Sermitsiaq. La mayoría de los habitantes de la isla, nos contó la pareja, son inuit, descendientes de esquimales. También contaron que durante la Edad Media había sido tierra de vikingos, pero que desaparecieron debido a un virus durante el siglo XIV.

Fui la primera en regresar a los vehículos. Huí asegurando no aguantar el frío, pero la verdad es que, a pesar de los malos momentos de los que veníamos, Edgar, conmovido por la luminiscencia, pidió que nos tomaran una foto con su teléfono y yo casi me caigo de lo nerviosa que me puse. Temí que me fuera a dar el anillo en ese momento. Sabía que era mejor evitarlo que seguir el consejo de Casandra o cualquier otra cosa. Aunque durante un rato aquella tarde había pensado que le diría que sí, se me había pasado la euforia y de nuevo ya no estaba segura.

Esa noche, al regresar, intentamos juntar las camas individuales, pero no tardamos en separarlas: los colchones no eran del mismo tamaño; las cobijas, que en realidad eran pieles —de bisonte, dijo Edgar; yo no tengo idea—, tampoco se podían compartir. Al final estábamos tan cansados que ya ni siquiera intentamos hacer el amor.

En nuestro segundo día, muy temprano, fuimos a desayunar al Café Toqqorfik, situado en el antiguo barrio pesquero y donde, para molestia de todos, al igual que en casa de los anfitriones, no había café. Explicaron que llevaban dos meses sin tener y no sabían para cuándo se iba a solucionar.

Al terminar caminamos solo unos pasos hasta el Museo Nacional de Groenlandia. La verdad es que lo imaginaba más grande o dentro de algún edificio; solo era una casa de tamaño muy similar a la de los guías.

Había apenas una pequeña colección de arte groenlandés, algunos vestigios inuit, antiguas barcas esquimales y objetos de uso común clasificados por uso antes y después de haber sido colonia danesa.

De ahí caminamos solo otras cuantas cuadras rumbo al puerto, donde tomamos un enorme yate polar que nos llevó a navegar uno de los dos enormes fiordos de Nuuk. Yo no sabía qué era un fiordo, pero, de acuerdo con Antonio, es la profunda depresión de la tierra por la cual pasa el mar; es decir, las montañas abrazan el océano para darle forma de río.

No me separé de Anita, con quien cada vez descubría que tenía más en común. También me escondí de Edgar; de nuevo, el escenario era hermoso y sabía que, si me daba el anillo en el barco, probablemente, frente a todos, me vería obligada a seguir el plan de Casandra. Estaba segura de que él iría chillando no sé qué tanto con su familia y qué vergüenza. La otra era decir que no, pero, si me peleaba con él, que ya empezaba a ser amigo de todos, no tenía a nadie más en el viaje.

Al regreso, Edgar, desinhibido por el alcohol —ofrecieron cervezas y vino—, quiso cambiar de habitación por una que tuviera cama matrimonial, pero, con excepción de la de los anfitriones, a quienes les alcanzó la cordura para no preguntarles, no había otra. No importó y nos metimos a nuestro cuarto. Pasé rápido al baño y descubrí que había empezado mi periodo: se me adelantó casi una semana.

Le avisé a Edgar riéndome de la ironía y me respondió que no me creía. No le jalé al retrete y, aventándolo, lo hice pasar para que fuera testigo del pecado de Eva en el excusado. Ya no intentamos nada y volvimos a dormir separados, pero durante la madrugada me fue imposible dormir: los cólicos me taladraban la matriz. Tampoco tenía toallas suficientes, así que me puse la chamarra, decidida a buscar a Anita, a quien afortunadamente encontré sola en la cocina.

Le expliqué mi problema y me dijo que estaba preparada. Fue a la alacena, donde tenía todo ordenado en cajas de plástico, sacó un par de pastillas de paracetamol, me mostró el frasco y me pasó un paquete de toallas. Me dijo que era el último, pero que no importaba: Kunuk y Naja estaban por reportarse.

Me sirvió agua y me preguntó si no quería acompañarla con un té. Vi al fondo una foto de Antonio con una mujer que no se parecía nada a Anita vestida de novia afuera de una iglesia, junto a una veladora o, para ser específicos, junto a un cirio pascual, así como la imagen de una virgen. Anita lucía triste y con ganas de hablar. Lo hacía en español; cuando necesitaba ir más rápido, se apoyaba en el inglés. Le dije que sí, pero notó que no podía dejar de mirar la imagen, tratando de descifrar si se trataba de ella o no.

Me dijo que era un día especial para ellos: se cumplían diez años de la muerte de la primera esposa de Antonio.

—¿La conociste? —fue lo único que se me ocurrió decir en ese momento.

—Yo estuve ahí —me respondió, y contó el accidente de trineo en el que Paloma perdió la vida de manera instantánea.

Anita era física y académica en la Universidad de Köln y, como regalo por su cumpleaños número cuarenta, se había obsequiado la expedición al Ártico en la que sucedió el accidente. Desde entonces se había quedado con el español. Yo la abracé, conmovida de ver llorar a una mujer fuerte. Me pidió cambiar de tema, me dijo que quizá mi dolor e insomnio también eran por los nervios de la propuesta. Yo la miré extrañada. Me afirmó que era lo más común que pasara con las parejas solteras, además de que él nos lo había confesado cuando hizo la reservación. Luego me preguntó si no me incomodaba contarle nuestra historia.

Respondí que no y empecé por el obvio principio: cuando nos conocimos en la universidad. No tuvimos clases juntos, porque él se estaba titulando cuando entré; fue en la fiesta de bienvenida. La historia común: me pidió mi teléfono, al poco tiempo me invitó a salir, a los tres meses nos hicimos novios y llevábamos casi quince años juntos. Le confesé que el último había sido el más difícil. Sin que me preguntara más, se quedó callada y le conté con santo y seña todo lo ocurrido: mi deseo de ir a Australia, la forma en que me propuso el viaje y el hecho de que hubiera hecho hasta lo imposible para que yo no pudiera decirle que no quería casarme con él. Ella se paró de su silla para darme un profundo abrazo. Había empezado a llorar.

Cuando me dispuse a regresar al cuarto, se escuchó llegar la camioneta en la que venían los hermanos groenlandeses, sonido que, conjugado con la complicidad que solo da la madrugada, supe que era mi puerta de salida.

Le pregunté a Anita por la hora del vuelo a Islandia. Me dijo que era mejor partir a Dinamarca: había más facilidad para regresar o para ir a cualquier destino y, si salía en menos de veinte minutos, aún alcanzaría a tomarlo sin ningún contratiempo. Pensé en mi maleta. No necesitaba nada de esta y solo le pedí a Anita mi pasaporte.

Me había dado cuenta de que podía llegar yo sola y cuando quisiera a Australia.

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