¿Soltera o casada?

“El infierno me entiende mejor.”Clarice Lispector, Brasilia

—¿Soltera o casada?

Ahí está: otro reclutador imbécil haciendo la misma pregunta asquerosa que no viene al caso. Me defino como una especialista en entrevistas de trabajo. Apenas es abril y estoy por segunda vez en el año buscando empleo. Supongo que el año pasado impuse un récord: nueve empleos en doce meses.

No es que sea inestable, sino que creo que soy un imán de desgracias, en las que la única culpa que he tenido ha sido la de sólo estar. En todas, estoy segura, si no hubiera estado, no habrían sucedido.

Quizá suene un poco pedante de mi parte, pero tengo que decirlo así, como los años me lo han dejado claro: esto sucede por la atracción casi inevitable que los hombres sienten por mí.

Mi abuelo me decía que, a diferencia de todas las personas, nunca podía pasar por alto lo que estaba provocando en los demás. Me apodó Remedios la Bella. Me dijo que era por un personaje de un libro y que me lo decía porque, como ella, yo también debía tener cuidado. “Las bonitas, aunque estén a un lado de nosotros, llevan una vida diferente”, me decía, un poco con gusto, pero también con pena. Me insistió en que debía ser más fuerte y más inteligente que cualquiera; que, por más que existieran almas buenas y fueran mayoría, la educación era la que hacía la diferencia, y esta era un recurso escaso en el mundo.

Regresando al estólido que tengo enfrente: me sé tanto el guion que incluso, a partir de este momento, puedo escoger la aventura que yo quiera. Conozco tres posibilidades y todo depende de cuál puerta elija. Cada respuesta, lo sé, tiene implicaciones; pero, sin importar lo que haga, ha comenzado el fin. Sólo queda determinar hasta dónde quiero llegar. Aquí algunos ejemplos de lo que podría pasar, de acuerdo con lo que conteste.

1. ¿Eso tiene algo que ver con el trabajo que voy a desempeñar?

Sin duda, lo mejor y más digno que una puede contestar ante este tipo de situaciones. Para aumentar la eficacia de la respuesta, hay que rematar preguntando si lo que le interesa saber es la disposición para viajar. Una de las maneras más eficaces de salir con elegancia. Demuestras que eres una mujer de carácter y bien plantada.

Aunque, en mi experiencia, no ha habido ocasión en que esta postura sea reconocida. Al contrario: las empresas de corta visión, es decir, casi todas, prefieren evitar lidiar con gente con ideas; aunque muchas veces desperdiciar una oportunidad de empleo vale toda la pena al ver la cara que ponen cuando descubren que no sólo soy un rostro bonito.

2. Casada

Podría parecer una buena idea; pero, en mi caso, ha terminado por no serlo.

En principio, mantiene alejada a la gente joven. Imaginan como mi pareja a una clase de superhéroe con el que no quieren competir; pero, en cuanto a los mayores —mejor dicho, los jefes o dueños—, actúan, lo digo sólo con base en mi experiencia, como si la repugnante conquista de una empleada les pareciera un fetiche.

Sedientos de adulación, los calvos, panzones, podridos en dinero y no tanto, que me han tocado como superiores, al parecer se excitan al creer que tienen alguna clase de poder por el hecho de pagar un salario. En mi experiencia, parece que a la mayoría el rechazo se les convierte en una enfermiza obsesión: algo se genera en ellos que despierta actitudes y detalles de todo tipo.

La primera vez que cedí y salí con mi jefe fue muy al principio. Yo era joven y le creí. Esa vez entré diciendo que estaba desposada. Ya en la relación, recuerdo, le pregunté qué era lo que buscaba. La verdad es que era un buen tipo. Contestó que tenía debilidad por las casadas porque, además de la comprensión que le tenían —él, por supuesto, aparentaba tener un matrimonio ideal—, estas sabían más de la vida, por lo que les era más fácil perdonar las debilidades. Aseguraba que muchas solteras permanecían ilusionadas con el amor, por lo que era más fácil romperles el corazón, situación que no disfrutaba. Así que lo dejé. Le confesé que era soltera y esperaba que pudiera cumplir su fantasía. De alguna manera, tenía razón. Por tonta, por joven e inexperta, había creído que dejaría a su esposa por mí.

A fin de cuentas, estos son los persistentes y obstinados, por lo que contestar que soy casada sólo me ha puesto en dos situaciones: rechazar al jefe, que se puede traducir en aislamiento, etapa de gestación del despido; o terminar acostándome con el jefe, pero eso es sólo otra condena al fracaso, a la ignominia e incluso a la destrucción.

Me había prometido jamás volver a caer y por muchos años lo hice; pero, en marzo del año pasado, conocí a Gustavo. Fue una auténtica excepción: me enamoré de él. Lo veía como una clase de John Galt, mi símbolo sexual. Pero, a fin de cuentas, sólo era un fanfarrón, un ladrón de ideas, por lo que me decepcioné y lo dejé de querer de un día a otro.

Se lo dije y me respondió con un golpe en la cara. Según él, en su disculpa, dijo que lo había hecho enojar de verdad, porque apenas la noche anterior le había confesado a su esposa lo nuestro. Pensé que lo decía para que yo sintiera lástima; luego supe que sí era cierto, pero ya no me importó. A fin de cuentas, era tanto mi enojo por el golpe que mandé un correo a toda la mesa directiva de la empresa, exagerando cómo Gustavo, el jefe, había abusado de su poder conmigo.

En un mes, la vida del pobre era otra: sin casa, sin mujer, sin amante y sin trabajo. Diría Juan Gabriel: “Sin dinero, ¡caray!, sin mí, sin nada…”.

3. Soltera y sin compromiso

Esta respuesta se ha convertido en mi favorita y, por tanto, en la más común. Garantiza no sólo conseguir el empleo, sino una cálida bienvenida a la empresa, de la mano de un gran plan de carrera.

En verdad, no ha habido ocasión en que no me ofrezcan el puesto y un rápido crecimiento después de negar cualquier compromiso. Aunque esta contestación es también la vía más breve para llegar a un camino lleno de todo tipo de hostigamientos y acosos.

Cuando una persona acaba de ingresar a una empresa causa novedad, y más cuando tenemos tanto brillo: no podemos pasar desapercibidas. Esto es una condena, porque las acciones que hagamos van a ser juzgadas y cada uno de tus movimientos puede ser interpretado de las formas más perversas.

Al correrse el rumor de que eres soltera, en menos de una semana buena parte de los hombres de la empresa encontrará la forma de presentarse. Recuerda que estos, bajo el influjo de una mujer bella, se convierten en osos de circo, mostrando sus gracias que despiertan simpatía, pero al mismo tiempo no dejan de ser animales; aunque la tolerancia depende de una.

Aun así, aparte de ese problema, está el de la que se siente o, mejor dicho, las que se pueden sentir desplazadas. Creo que la mayoría de las mujeres acostumbradas a ser la bonita, al menos la mayoría de las que yo he conocido, de manera inconsciente odian dejar de recibir la misma atención, por lo que es probable que de inicio exista un ambiente hostil entre compañeras.

Aunque en mi experiencia también ha habido entrañables excepciones y terminas por conocer buenas personas; pero casi siempre, en principio, habrá alguien que se sienta incómoda por el brillo de otra. Pero no hay de qué preocuparse. A fin de cuentas, eso de que “la suerte de la fea la bonita la desea” es una vil mentira.

Lo importante es que luego, muy pronto, aparecerán los alfas, que si una no decanta su preferencia por alguno, sin importar si siente aprecio por él o no, es muy probable que la situación termine complicándose.

En una fábrica de telas donde trabajé, tuve dos compañeros y ambos, en menos de un mes, me dijeron estar enamorados de mí. Por jugar, les conté a cada uno la confesión del otro, con lo que entraron en una clase de competencia que hizo que la relación se fuera tensando, hasta que un día, según ellos por un desacuerdo laboral, se pelearon utilizando sus tijeras, riña en la que los dos terminaron en el hospital y yo de nuevo en la calle. No hubo versión en la que no se mencionara mi nombre.

En otra ocasión, en un despacho de contadores, un día el jefe me hizo acompañarlo todo el día en sus juntas y mi colega, al que yo le daba un poco de alas aunque no tuviera verdaderas posibilidades, del coraje amenazó al jefe con que, si me tocaba, él mismo lo iba a matar. Asunto en el que nada tuve que ver, pero también me terminaron despidiendo.

En promedio, ha de pasar un mes antes de que mi ciclo en el trabajo comience a cerrarse. Entonces llegan las invitaciones a salir: algunas directas, otras disfrazadas de actividades en grupo. No he conocido empresa donde no haya recibido una propuesta de salida que promete ser para tratar temas laborales, pero que desde el camino se esfuerzan en convertir en una cita casual.

Una vez, el mismo reclutador que, según él, había puesto atención especial en mi proceso declaró, desde la entrevista, que mi potencial para crecer rápidamente en la empresa era inmejorable. Pero al poco tiempo me invitó a salir y, como no acepté, al término del primer contrato me terminó corriendo. Dijo que se había equivocado con mi perfil, pues, según él, su decisión era sólo por cuestiones laborales. Declaró que se había dado cuenta de que se había equivocado, que yo no era el talento adecuado para el puesto.

El rechazo tajante a los interesados hará que se sientan ofendidos y con ello también comenzarán los chismes. En otra empresa, un compañero que humillé al asegurar que los que tenían carros de lujo lo hacían para compensar el pequeño tamaño de sus genitales, y a quien terminaron por apodar el Mecha Corta, en venganza echó a andar el rumor de que yo tenía pene. Las mujeres de su club de fans, que me odiaban, lo empezaron a repetir, al grado de que, cuando los clientes visitaban la empresa, preguntaban quién era la liebre que se le podía ir a cualquier cazador, por lo que también prefirieron liquidarme.

Postergar las invitaciones se vuelve algo cansado, y más cuando ellos son insensibles y no comprenden que no tienes interés en conocerlos; pero pobres, se sienten tan especiales y únicos.

Tuve un compañero, un guapo que aparentaba ser inocente, que estaba enamorado de mí y, entre sus formas de mostrarme que le gustaba, hacía toda clase de sacrificios, como ofrecerse ante los bomberazos y el trabajo extra. Por un tiempo me bastaba darle un abrazo y un rico beso en el cachete para que estuviera contento, como si esa actitud estúpida de hacerse el sacrificado funcionara conmigo.

Un día me invitó a salir. Le dije que sí, pero la otra semana; cuando llegó el siguiente fin de semana, lo eludí diciendo que no me acordaba de un compromiso familiar. Por eso, cada vez que se sacrificaba, empezó a chantajearme con la insistencia de que ahora sí saldríamos, aunque fuera entre semana.

Luego, supongo que le hicieron ver mi truco, entregó las cosas con bastantes errores, haciéndome quedar en ridículo frente a los clientes y el dueño de la empresa. Esa vez fui yo quien renunció; no aguanté la pena ni el coraje.

No me juzguen, pero creo que fue en ese momento cuando realmente cambié. Desde entonces aprendí a aceptar las invitaciones. A fin de cuentas, estoy condenada desde la pregunta y he aprendido que es mejor agilizar el proceso.

Hoy me es imposible negar que cada vez disfruto más del destino que acompaña mi belleza. Al principio, por tonta, sentía lástima por los hombres instintivos; los veía vulnerables y débiles emocionalmente, pero muy poco tardé en descubrir que son sólo machitos, niños mimados por mamá, que creen que todo se lo merecen y no pueden comprender el rechazo.

En mi último trabajo del año pasado, poco antes de Navidad, me acosté con el dueño de la empresa e hice todo para que su esposa, la otra socia, se enterara.

Todos pasamos unas excelentes fiestas, pero cuando regresamos a la oficina no pudimos hacerlo porque las instalaciones estaban ardiendo a mitad de un terrible incendio.

Había sido la respuesta de la esposa, apenas horas después de que cancelara todos los seguros. Sentí respeto y no exigí más liquidación de la que me tocaba. Sólo sentí un poco de lástima ante la situación de mis compañeros. Con lo difícil que es encontrar trabajo para algunos.

—Entonces… ¿soltera o casada? —repite su pregunta.

—Divorciada. Me acabo de divorciar…

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