Poco después de llegar desterrado a Miami, Luis Manuel Otero Alcántara se sentó en la Ermita de la Caridad a reconstruir una imagen rota de la Virgen del Cobre. La escena parecía una de sus performances: un artista recién salido de cinco años de prisión intentaba reunir los pedazos de una figura que también podía ser Cuba. “Feliz y triste, pero feliz”, dijo. Había recuperado la calle, el aire y el derecho a abrazar a sus amigos. Había perdido su país.
Cuarenta y seis años antes, otro artista cubano llegó exiliado a Estados Unidos. Reinaldo Arenas salió por el puerto del Mariel en 1980 después de padecer la censura, la persecución y la cárcel. Cargó con Cuba de la única manera que pudo: en la memoria, para hacerla habitar en sus páginas en blanco, donde siempre encontró una libertad que ni el régimen ni nadie pudieron concederle ni arrebatarle por completo.
Pertenecen a generaciones y artes distintas, pero sus historias parecen malditas por el mismo poder. El delito de ambos fue imaginar otra Cuba. Buscaron en el arte la libertad que se les negaba en la vida y terminaron expulsados de la isla.
Aunque suene terrible —porque lo es—, en el fondo también hay una buena noticia. En el exilio, Reinaldo pudo corregir y seguir escribiendo obras como El color del verano o su célebre autobiografía, Antes que anochezca, impensables en una Cuba donde lo único que importaba era preservar al Estado y a sus beneficiarios.
Lo que me parece admirable de ambos artistas es que su obra no se puede reducir al arte social o a la denuncia política. Ninguno creó para ilustrar un programa ni para obedecer una consigna opositora. Su arte nació de una necesidad mucho más íntima: pertenecerse a sí mismos, o al menos intentarlo en la obra. Es un arte desgarrador, construido desde el cuerpo, la furia, el deseo, la humillación y la injusticia. La denuncia aparece porque esas heridas fueron causadas por un régimen incapaz de tolerar la libertad individual.
Arenas no denunció a la dictadura desde fuera de la literatura. La denunció al imaginar, al desear, al reírse de ella. Escribió novelas exuberantes, eróticas e irreverentes cuando el poder exigía obediencia y una sola versión de la historia: adorar la Revolución. Su delito no fue únicamente criticarla, sino escribir como si ésta no tuviera autoridad sobre su imaginación. En sus libros, la libertad no es un discurso. Es una forma de respirar.
Luis Manuel Otero Alcántara tampoco separó la creación de su existencia. Convirtió su cuerpo, su casa de San Isidro, la bandera cubana y hasta su vulnerabilidad en materiales artísticos. No empleó los símbolos patrios para negar a Cuba, sino para disputar el derecho del Estado a considerarse su único propietario.
La obra de Otero Alcántara pregunta principalmente quién puede tocar la bandera y quién decide lo que significa ser cubano. Con cada obra intenta recuperar algo que el régimen le había quitado.
La propaganda disuelve al individuo dentro de una causa. El arte de Arenas y Otero Alcántara hace exactamente lo contrario: rescata al individuo de la maquinaria política.
En una dictadura, la afirmación más individual termina siendo subversiva, porque el poder no se conforma con gobernar las instituciones. Quiere adueñarse de la palabra, el cuerpo, el deseo, los símbolos, la memoria y hasta los pensamientos. Por eso ambos fueron perseguidos por el mismo régimen: no sólo por denunciarlo, sino por demostrar que un individuo, pese a toda represión y propaganda, puede pertenecerse a sí mismo.
Eso es lo admirable: que los dos encontraron formas distintas de conquistar esa soberanía. Reinaldo fue libre sobre la página en blanco. Allí pudo amar sin permiso, burlarse de los héroes oficiales y reconstruir una historia de Cuba contraria a la versión del vencedor. Luis Manuel Otero Alcántara convirtió su cuerpo en un territorio que el Estado podía encerrar y vigilar, pero nunca poseer por completo. Incluso en prisión siguió pintando. Realizó miles de obras durante el encierro, como si cada una abriera una pequeña grieta en los muros de Guanajay.
Sin embargo, no debemos llamar libertad al destierro. Arenas abandonó Cuba, pero siempre asumió el dolor de la pérdida al definirse como exiliado. Luis Manuel cumplió una condena que jamás debió existir y sólo pudo recuperar la libertad a cambio de marcharse. El régimen no los perdonó.
“La patria es la gente que camina por la calle”.Luis Manuel Otero Alcántara, en entrevista con El País.
Con esa frase, Otero deja claro que la patria no es el gobierno ni los símbolos bajo custodia oficial, a los que, con su obra, nos enseña a cuestionar.
Hoy debemos celebrar que Luis Manuel esté fuera de prisión, que pueda volver a pintar y que no viva bajo el terror del espionaje del Estado, decidido a todo con tal de mantener sus privilegios. Pero la celebración permanecerá incompleta mientras Maykel “Osorbo”, Lumey Guzmán y muchos otros cubanos continúen presos por cantar, protestar o imaginar un país diferente.
Denuncia sobre la detención de Lumey Guzmán.
La verdadera libertad llegará cuando un artista no tenga que elegir entre la cárcel y el exilio.
Reinaldo Arenas imaginó otra Cuba en la página en blanco. Luis Manuel Otero Alcántara continúa creándola desde el arte. Entre ambos transcurrieron cuarenta y seis años. Cambiaron los gobernantes y envejecieron las consignas. La represión sigue siendo la misma. Por fortuna, también la obstinación del individuo por ser libre.
¡Gracias por tu ejemplo, Luis Manuel!

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