Tragaperras

“Se miró las uñas ensangrentadas.
No sabía por qué. Pero estaba contenta.”

Rosario Castellanos, Modesta Gómez

Nuestra celebración de los cuarenta debía ser especial. Así que, con un año de anticipación, Claudia y yo empezamos a planear un viaje a Disney para nuestros siguientes cumpleaños. Desde adolescentes, cuando nos hicimos amigas en la secundaria, ambas soñábamos con ir y ninguna lo había hecho, así que festejar ahí nuestra llegada al cuarto piso nos pareció una estupenda idea. Clau cumple el veintinueve de abril y yo el primero de mayo, por lo que siempre hemos celebrado juntas.

Al principio, nos íbamos de puente con los amigos; luego, en la universidad, íbamos ya sólo con Fátima, quien, cuando conocí a Clau, ya era su amiga y completaba el grupo de tres con el que crecí; pero Fátima dejó de ir después de casarse. Así que, durante los últimos doce años, sólo hemos festejado juntas Clau y yo, en lo que ya se convirtió en toda una tradición.

Pasamos un mes viendo todo tipo de videos en TikTok para hacer el viaje más completo y no perdernos de ninguna atracción. El plan prometía mucho para ambas; pero, antes de cerrar nuestras reservaciones, Fátima nos invitó a desayunar para anunciarnos su divorcio. Al enterarse de nuestro viaje, pidió no sólo ser considerada, sino que, argumentando que ya no éramos unas niñas y tampoco un trío de lesbianas, insistió en que cambiáramos el destino a Las Vegas, convirtiendo así nuestro festejo cumpleañero en su celebración de regreso a la soltería.

Más decepcionada que convencida, y sintiéndome traicionada por Claudia —que, como se conocen desde niñas, siempre se pone de su lado, a pesar de haber vivido muchas más cosas conmigo en los últimos años—, también alcé mi copa de mimosa y fingí una sonrisa en falsa señal de aprobación del cambio de planes.

He llegado a la conclusión de que quiero más a Fátima de lo que me cae bien. Desde que la conozco no tolero que siempre se salga con la suya: su especialidad. Se negó a hacer un itinerario, argumentando que allá veríamos qué hacer; por lo que yo sola me la pasé repasando las ofertas de espectáculos que ofrece Las Vegas. Los que más se me antojaron fueron los de magia, sobre todo el show de Penn & Teller, un par de magos y cómicos de humor inteligente que descubrí en redes; aunque ya me las imaginaba cuando les comunicara mi deseo: Fátima, como dice ella, nunca ha podido siquiera asomarse a ninguna de mis sofisticaciones, y Clau, si tiene alternativa, huye; pero no me importó: se los pediría de cumpleaños.

Llegamos a Las Vegas el treinta de abril por la tarde y nos hospedamos en el Caesars Palace, que, a pesar de los años, se mantiene entre los mejores. El cuarto tenía una vista espectacular, directo a las fuentes danzantes del Bellagio. Mientras estaban a mi lado, observándolas con cara de mensas, les dije que ese espectáculo era resultado de talento y disciplina, algo que cualquier ingeniero sabe valorar. Ellas parecieron decepcionarse de mis palabras y se alejaron para seguir viendo qué ropa se iban a poner.

En Las Vegas, durante el día, no hay mucho que hacer más que conocer hoteles y sus casinos, en los que me dije, desde que supe que iríamos, no jugaría, y mucho menos en las máquinas tragamonedas. Soy la persona con menos suerte: todas las probabilidades, por lo general, van en mi contra. La verdad es que, a pesar de que me jacto de saber cómo funcionan la mayoría de las tecnologías, desconozco bien a bien el funcionamiento de la aleatoriedad de éstas; pero estoy segura de que es con algoritmos que te engañan, algo así como el amor: al principio te ilusionan dándote todo y, a la hora de la hora, la casa siempre gana.

Cambiaron dólares por fichas y empezaron a jugar a la ruleta. En cuatro tiros que vi, no puedo negar que sentí adrenalina y deseos de que ganaran, pero ambas perdieron doscientos dólares. Pensaban seguir apostando, así que les dije que me esperaran mientras iba a las tiendas, que prefería gastar a regalar mi dinero.

Terminé por mandarles un mensaje para decirles que las veía en el cuarto: me compré un succionador y no quería que lo supieran. Después de utilizarlo, me quedé dormida.

Tenía medio calzón abajo y mi aparato aún seguía encendido cuando entraron. Estallaron en risas y me desperté de un salto. No pude disimular nada, así que no me quedó de otra y les dije, un poco cínica, que estaba probando lo que acababa de comprar, no fuera a ser que no sirviera y lo descubriera hasta el regreso. Me acordé de mi sección favorita de la revista , llamada “Trágame tierra”; ahora tenía la anécdota perfecta. Estaba segura de que les daba envidia mi flamante masturbador, pero ninguna se atrevió a preguntar nada.

Ellas estaban contentas, así que dejaron el tema de lado y pasaron a lo que les urgía contarme. Fátima, apostando a la ruleta, había ganado más de diez mil dólares, por lo que nos compró boletos en las primeras filas para el Cirque du Soleil, según dijo, como regalo de cumpleaños para ambas. Clau la abrazó y le agradeció; yo sólo contesté con una falsa sonrisa.

Yo ya había visto dos espectáculos distintos de la compañía circense, por lo que no me hizo nada de emoción. Los tres shows, incluido lo que vi en esa ocasión, me han parecido siempre el mismo tedio. No digo que no sean talentosos; al contrario. Sólo que, sin importar el nombre del concepto que utilicen, el Cirque du Soleil es siempre lo mismo: lo único que cambia es la música. Durante el show que vi con Clau y Fátima, a pesar de estar casi encima del escenario, me quedé dormida. Cada vez me parezco más a mi mamá.

Las Vegas por la noche es otra ciudad, cubierta por un bello manto resplandeciente: se respira una brisa de deseo. Después del show fuimos a cenar para celebrar a Clau y todo iba muy bien hasta que saqué a relucir el tema de Penn & Teller. Fátima dijo que a ella no se le antojaba y que además ya me había dado mi regalo, pero que éramos libres de ir. Clau, más comprometida, entre dientes dijo que sí. Conozco sus respuestas y sabía que haría lo posible para evitarlo; aunque yo ya conocía el juego y pensé, en ese momento, que sabía cómo ganarlo.

Luego se acercaron tres tipos a hablar con nosotras, que para acabarla de amolar también eran de México. Como esperaba, me tocó el más feo; y no es que yo sea muy exigente: he acabado con cada cosa. Pero a ese lo descarté de inmediato porque traía una playera de Superman y yo quería conocer a un hombre, no a un niño. En pocas palabras, lo creí un básico; y una, lo que aprende con la edad, es lo mismo que decía mi madre: que es mucho mejor estar sola que mal acompañada.

Decliné la invitación esperando que mis amigas hicieran lo mismo, pero no. Me dijeron que me veían en el hotel. Me sentí como una reverenda pendeja cuando se despidieron de mí en vísperas de mi cumpleaños.

Arranqué mi regreso con lágrimas en los ojos. Me duele Clau, sobre todo; pero siempre ha sido así: todos quedan hipnotizados por la bella Fátima, que lo único que tiene es un hermoso rostro y una suerte al parecer bordada a mano por la propia Fortuna. En Las Vegas no te da miedo caminar por la calle; la verdad es que en México, aunque estés sobre Reforma, la avenida más turística y vigilada, te sientes insegura.

Cuando llegué al hotel, me fui al cuarto a tomar un baño, depilarme y cambiarme para bajar yo sola al bar. Este año, lo había decidido en el camino, no pasaría el inicio de mi cumpleaños en la cama; o sí, pero no dormida. Había visto una publicación en TikTok titulada “Para cada roto hay un descosido en Las Vegas”, en la que básicamente una chica le daba vueltas a la idea de que era el lugar perfecto para los solteros: sólo bastaban las ganas para vivir una gran aventura. Finalizaba diciendo que no había quien no encontrara el amor de una noche. El mismo que a mí me interesaba.

Como sugería la publicación, fui al bar del hotel donde nos hospedábamos, ya que era el mismo lugar, según la anécdota, en el que la chica había encontrado a un negro bárbaro. Al igual que ella, me senté en la barra y pedí los martinis de color rosa. Estuve un rato con mi teléfono; incluso volví a ver el TikTok, por si me había equivocado en algo, pero no.

A pesar de que me tardé lo más que pude en acabarme mis cuatro tragos, más de doscientos dólares regalados, dieron las doce y nunca apareció ni el negro ni nadie, así que me subí al cuarto, lamentándome por no haber vivido la misma historia que la chica del video.

No lo dije porque me daba pena, pero antes de subir intenté invitar al cuarto al chico de la barra; le declaré que iba a ser mi cumpleaños. Él me respondió que no comprendía bien, mientras fingía trabajar, y se fue diciendo que estaba muy ocupado, aunque sonrió muy coqueto. Pensé en escribirles a mis amigas y alcanzarlas, pero me resigné. Al menos llegué después de las doce.

“Esto es Las Vegas, no Roma”, me dijo Fátima cuando la desperté. Quería saber dónde estaba Clau. Contestó que se había ido con un chico la noche anterior y que ya llegaría. Le pregunté si era el mismo del restaurante y dijo que creía que sí, pero no recordaba, mientras acomodaba su cabeza bajo la almohada. Pensé en ver la tele, pero comencé a imaginar cómo la estaría pasando mi amiga y me entraron unas terribles ganas de usar de nuevo mi fantástico aparato.

Pensé en meterme al baño, pero me incomodó la presencia de Fátima, así que cambié de idea y me puse mi traje de baño. Dejé un recado diciendo dónde estaría, así como que regresaría a la hora de la comida. En la alberca, como era de esperarse a esa hora, había poca gente, aunque no pude dejar de ver a un par de señores que, con suerte, aún no llegaban a los sesenta.

Extendí mi toalla y me acosté boca abajo, no sin antes haberme alzado tantito el calzón del bikini para hacerlo parecer tanga, así como desabrocharme el top para mostrar la espalda desnuda. Dejé el bloqueador a un lado, con la fantasía de que alguien guapo se acercara a untármelo y, mientras veía aquel bote de crema inmóvil, traté de recordar la última vez que tuve sexo: hacía más de un año, con un ingeniero de la planta que, aparte de todo, era casado.

Imaginando la llegada de algún caballero, me quedé dormida no sé cuánto tiempo. Lo que me despertó fue la risa de Fátima, que según dijo era porque yo roncaba. Estaba a un lado de mi camastro, platicando en inglés con un hombre que podría pasar como actor de Hollywood. Me abroché la parte de arriba del traje antes de sentarme y ella se limitó a presentarme a Mark, que tenía unos tiernos y hermosos ojos miel; pero al poco tiempo terminaron ignorándome, así que opté por regresar al cuarto.

Cuando me despedí, Fátima me dijo que Mark y sus amigos nos invitaban a pasar la tarde a su suite y en la noche a bailar. Mark aseguró, hablándome como si fuera estúpida —porque supongo que la perra de Fátima le dijo algo—, que nos llevaría al mejor antro de la ciudad.

Lamenté, acentuando mi falsedad, que no pudiéramos ir a la suite porque teníamos boletos para el teatro, y que ya en la noche Claudia sabría si los alcanzaba, pero que yo no me sentía con ánimos. La verdad es que había visto de nuevo el TikTok y pensé que prefería ir otra vez a probar suerte al bar del hotel.

Antes de entrar a la alberca, había pedido ayuda en el lobby para que me compraran las entradas. Así que regresé al cuarto para empezar a cambiarme.

Intenté llamar a Clau no sé cuántas veces, además de la cantidad de mensajes que le mandé, chantajeándola incluso con que llamaría a la policía si no aparecía. De alguna manera, sí me había preocupado, porque en este tipo de situaciones siempre nos dábamos noticias. Ya cuando había decidido no ir a la función y buscar a Clau, ella me respondió con unos estúpidos emojis de cara entre pena y disculpa, seguidos de una imagen de ella vestida con un velo y un ramo, al lado del tipo que conocimos la noche anterior y de un ministro disfrazado de Elvis. Me pidió disculpas y prometió compensarlo. En ese momento no supe si era verdad o un montaje, pero sí que me sorprendí por lo que acabó haciendo la muy perra para no acompañarme.

Me dieron ganas de decirle muchas cosas, pero le respondí que disfrutara y felicidades. Ella se limitó a contestar con un “¡Estoy muy feliz! Felicidades a ti también”, acompañado de otros estúpidos emojis de festejo. Así que me fui caminando al hotel Río, que, como todo, no estaba lejos. El show resultó ser superior a lo que había imaginado, aunque no dejé de sentirme observada y ridícula. Un grupo de amigas me pidió permiso para usar el asiento vacío.

Salí del auditorio casi corriendo; pero pensé que quizá era mejor disfrutar del casino yo sola, así que me dediqué a ir de mesa en mesa a ver la transparencia de la gente al apostar.

Luego, después de haber hecho cola y haberle dado la mano a una señora que vi ganar cincuenta mil dólares en una tirada de ruleta, así como de haber pensado en la suerte de la inútil de Fátima, sentí que yo no tenía por qué estar destinada a perder siempre.

Pedí ayuda a una pareja para cambiar mi dinero. Supongo que me vieron muy desubicada e inexperta y mejor me recomendaron empezar con las máquinas tragamonedas, las mismas en las que me rehusaba a apostar. Me explicaron que una buena parte aún funcionaba con efectivo, por lo que no debía cambiar fichas ni tener tarjeta: ese dinero se convertía en créditos y uno decidía cuánto jugar. Con cien dólares y apostando bajo, me advirtieron, había opciones de arriesgar desde cincuenta centavos; podría estar al menos dos horas jugando.

Les agradecí los consejos y me decidí a jugar en una máquina con temática del Egipto antiguo. Pensé entre meter un billete de veinte o uno de cien. Me decidí por el último. Lo que menos quería era ver a mis amigas en ese momento; quería que el tiempo pasara volando. Pero, sin darme cuenta, por distraída, porque no supe qué le piqué, qué botón, la máquina se chupó al instante todo mi crédito. Cien dólares en una sola tirada.

Empecé a resignarme a regresar al hotel. Por supuesto que no apostaría más. Me puse a traducir lo que pude haber hecho con ese dinero: comprarme ropa, ir por una buena comida. También empecé a culpar a Clau y a Fátima de todas mis desgracias. Ya cuando me disponía a iniciar mi camino de regreso, observé a las cinco Cleopatras que coincidieron en el centro de mi pantalla y comenzaron a bailar.

Al tiempo que aparecían momias y esfinges cambiando de color alrededor de la faraona, la máquina, vuelta loca, no paraba de sumar y sumar, y encendió también una chicharra que gritaba que había ganado un gran premio. Eso hizo que se acercaran bastantes personas a mi alrededor y me aplaudieran. Entre ellas, un grupo de turistas sudamericanos que se detuvieron detrás de mí para murmurar entre ellos: “Mirá la tragaperras, mirá la tragaperras”, como si se dieran cuenta de aquello en lo que me estaba convirtiendo.

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