La culpa de todo la tiene san Pablo. (Cuento)

Era fácil dominar a los indios: bastaba nombrar al demonio para hacer con ellos cualquier cosa. 

Elena Garro, El árbol 

I

Empezaré por decir que no hay que creer en todo lo que se lee en internet. 

Fue a inicios del curso escolar. Yo aún seguía en depresión por haber terminado con Luis antes de que concluyera el ciclo anterior, cuando mi madre, que no encontraba manera de apoyarme, me extendió su teléfono para que leyera un artículo en el que se afirmaba que la mejor opción para enamorarse de verdad era tener una relación con una persona fea. 

Explicaba la publicación, entre otros motivos, era porque nadie más les hacía caso y por tanto se podía casi garantizar su fidelidad. Luis, mi ex, reconocido por todas como el más guapo de la generación, se había besado con dos de mis supuestas mejores amigas y no sé cuántas otras más; por lo que me rompió el corazón. Así que me bastó leer los argumentos para que la idea de salir con alguien menos agraciado me estuviera dando vueltas por la cabeza.

Ese viernes, el de la tercera semana del nuevo ciclo, comencé por stalkear los perfiles de Instagram de todos los que no tenían novia de la generación. Me dije que me fijaría más en la personalidad, que en el físico. 

Los de mi salón, sin excepción, fueron de pena. Los que no aparentan ser mirreyes estúpidos, son desangelados que publican imágenes de caricaturas japonesas y superhéroes. Con los del ‘B’ pasó lo mismo, con excepción del nuevo, Felisberto Vilchis, quien apenas entró este año y desde el primer día lo apodaron como Feosberto. 

Para empezar, su cuenta también era mucho más atractiva que la de los otros, algunas imágenes en bicicleta por la montaña, de naturaleza, así como de forma esporádica fotografiaba sus libros. Supongo esas fueron las razones para que fuera el elegido por mi curiosidad y por lo que de inmediato me propuse llamar su atención. 

Primero le di follow, pero como no me respondía, apenas habían pasado tres horas, decidí hacer mi cuenta pública, sólo para ver si le interesaban mis historias, por lo que de inmediato me puse a publicar, desde como me veía en mi pijama, la película que vi y una breve reseña; así como el sábado lo mismo, mi desayuno, mis ejercicios en el gimnasio —como dicen mis amigas, si no lo haces público no cuenta— hasta otras fotos mías en traje de baño, mismas que, al ver que no había visto, como ninguna otra de mis historias, terminé posteando el domingo después de darle like a un par de sus publicaciones. Volví a ver sus fotos y concluí que quizás si cambiara de peinado y no se pusiera tanto gel mejoraría. 

Me pasé todo lo poco que quedaba del fin de semana actualizando mis notificaciones esperando alguna reacción de su parte, pero sólo me contestó el lunes muy temprano con un ’me gusta’ a una de mis fotos; pero a la más antigua, la primera que había subido, una mía a los diez años haciendo cara de chancla, dándome a entender que había visto todas, pero no me siguió.

Cuando llegó el siguiente lunes tenía ansiedad por hablar con él, por lo que fui a su lugar con el pretexto de pedirle un libro, uno de Juan Rulfo que era el único que recordaba de los que vi en su perfil. Me contestó que los libros no se prestan, pero que con mucho gusto me regalaría el suyo. Le pregunté que si a él le había gustado a lo que respondió que sí. Le prometí que cuando me lo diera lo leería muy rápido y me despedí argumentando que mi siguiente clase era Literatura, a lo que me respondió era su materia y profesor favoritos. 

El artículo decía que los feos solían ser más inteligentes que los guapos, ya que por tener menos novias y actividades sociales, dedicaban mayor tiempo al estudio. La verdad es que a su lado me sentí inculta y yo quería demostrar que no lo era. 

Llegando a mi salón tomé mi cuaderno y sin importar dejar a mis amigas, me pasé hasta adelante, quería poner atención para tener de qué hablar con Felisberto. 

Desde el principio del curso, el maestro nos había hecho partícipes de su molestia de que las monjas le habían impuesto la Biblia como el único texto para la clase; pero dijo, no se habían equivocado al clasificarlo dentro de su materia, ya que era sólo eso, un texto literario.

Ese día leímos la primera carta a los corintios de san Pablo. Santo del cual, gracias a la escuela y monjas, toda la vida había escuchado de él; pero si me preguntaban no tendría idea de que decir más allá de que era uno muy importante. 

De acuerdo al profesor, san Pablo mismo se presentaba en su carta a los gálatas como un judío, asesino de cristianos; pero que un día, según, se le reveló Cristo Jesús, quien supuestamente le solicitó predicar su palabra. 

El profesor contó que los hombres de aquella época le daban demasiada importancia a la inspiración divina, a los incidentes fortuitos y sus sueños; aunque creía que en el caso del supuesto santo, fue él quien abusó de estas creencias populares, ya que con sus textos quería imponer su punto de vista, cimentado en su soledad y celibato. A quién, sin que nadie lo cuestionara, la gente le creyó lo que seguramente eran delirios.

Sostuvo el maestro que si aplicáramos un análisis retórico a lo dicho por san Pablo, debíamos de considerar, al menos, alguna clase de estrés postraumático después de haber matado a tanta gente inocente y también no perder de vista su frustración y enojo, reflejado en sus ganas de juzgar al mundo debido a su aspecto repelente, explicó, como producto, de la ira ante un mundo que lo maltrató y humilló.

Lo describió como chaparro, calvo, de piernas anchas y narizón. Apariencia que, según los testimonios, le trajo muy poca suerte en lo sexual; ya que, nos narró el maestro, existía el mito de que san Pablo se había casado y sólo había tenido una vez relaciones sexuales, pero que no le fue agradable —yo creo que no se le paró, como a Luis le pasó más de una vez— y al muy poco enviudó —pienso que ella se ha de haber suicidado; imagínate casarte con un sujeto como ése de feo y que descubras que a la mera hora no le funciona. A eso sí se le llama tragedia— y san Pablo nunca más volvió a tener contacto sexual alguno.

Por lo que por dignidad, según el profesor, no le quedó de otra más que decir en sus cartas que estaba feliz y pleno en celibato. Asegurando que la gente que presume mucho de algo es porque lo carece. Y de acuerdo a su tesis, le daba la impresión de que Saulo, como llamaba también a san Pablo, debido a que no encontró cabida para sus ideas dentro de los judíos, prefirió valerse de la popularidad del mensaje de Jesús y abusar de la ignorancia de los primeros cristianos, que en su mayoría eran marginados del imperio romano que buscaban una guía y éste se aprovechó para tergiversar todo a su antojo e imponer sus opiniones. Puntos de vista construidos con base en sus experiencias desagradables de vida, por un mundo cruel ante los feos.

Según Felisberto, a quien busqué a la salida para hablar de lo aprendido, en su salón la plática se desvió por otro lado, ya que les tocó tener la clase de Literatura después de la serenata. 

Uno de una generación abajo de la nuestra, había llevado mariachis para celebrar un segundo aniversario de noviazgo. Todas estuvimos encantadas viendo la escena. A las más amargadas les dio oso, pero yo digo que se comportan así, sólo porque nadie haría eso por ellas. Lo que hubiera dado para que Luis hubiera hecho algo similar, que mostrara a todos, incluidas sus perras con las que me era infiel, que yo era la más importante. 

Por este hecho, dijo Felisberto, su clase se centró en el tema de lo que el profe denominó como “El mal del prepo”. Afección, que según el maestro, se presentaba en buena parte de los jóvenes de nuestra edad, que engañados por las hormonas se comportaban como unos auténticos románticos. Capaces de hacer y prometer todo, de tener un montón de detalles; pero sólo eran parte de un cortejo tan instintivo como el de los animales. Acciones dictadas desde su cerebro reptiliano al que le urge tener sexo y está dispuesto a hacer lo que sea para conseguirlo. Lo triste, declaró, es que cuando se llega a la meta, casi todas estas relaciones iniciaban el camino hacia el fin, destino casi inevitable para todos estos primeros amores. 

Les aseguró el profesor, que de todo ese ritual también se le podía culpar a San Pablo, porque fue él quien se encargó de hacer ver al sexo fuera de matrimonio como pecado. Dijo Felisberto que en ese momento todos abuchearon en desaprobación al santo; aunque el profe afirmó, que no estaba del todo equivocado, ya que en esa época no existían los anticonceptivos y se debía poner más atención de con quién se iban a la cama. 

“Las leyes y reglas obedecen a una necesidad; pero si se tiene una buena razón pueden romperlas; aunque hacerlo porque sí o bajo una idea vacía suele ser lo más estúpido”. Me repitió las palabras del maestro.

Según Felisberto, para llegar al punto, el profe continuó la clase contándoles que los judíos no comían puerco debido a que durante la época que estuvieron vagando en el desierto, éste era el primero que se echaba a perder, pero el hambre era tal, que no les importaba y causaba serias enfermedades. Por lo que, para impedir que siguieran haciéndolo, tuvieron que hacerlo ley divina, lo único que la gente entendía; pero que son reglas que aún se siguen respetando más por costumbre, que por ser una necesidad a nuestra realidad. 

Luego regresó de nuevo al santo, al qué acusó de ser uno de los principales culpables de la violencia histórica contra las mujeres, subordinandola al hombre y juzgándola por lo que hace con su cuerpo. 

Así como aseguró el profesor, que no descartaría a la envidia como el motor del origen de las palabras de Saulo, ya que espantaba sobretodo a las mujeres, a las que seguramente tuvo desprecio por sus rechazos y dijo que quizás se quedó frustrado, debido a su repelente aspecto, con las ganas de ir a una orgía, comunes por los romanos en su época y como nunca lo invitaron su venganza fue abusar del miedo que da la ignorancia. 

Felisberto me reafirmó, olvidando que ya me lo había dicho, que era su profesor predilecto, porque más allá de que fuera polémica su clase o tuviera razón o no, veía en su actitud una invitación a pensar, a ir más allá de lo establecido y yo le respondí que era cierto, que siempre nos decía que fuéramos nosotras las que empezáramos a romper los comportamientos establecidos para las mujeres. 

En ese momento, inspirada por el profe, tomé la iniciativa e invité a Felisberto al cine, él aceptó, pero dijo que me veía allá. Sabía que no tenía carro, así que yo me ofrecí a pasar por él a condición de que me diera follow en mi cuenta de Instagram.

II

Algo en lo que también tuvo razón el artículo es que los feos se desviven por su pareja y jamás las descuidan. Luis nunca tenía tiempo para mí, sólo un día a la semana nos veíamos fuera de la escuela y en los recreos siempre quería estar jugando futbol. 

Después de nuestra ida al cine, Felisberto y yo no tardamos en hacernos novios. También fui yo la que lo besó primero, a mitad de la película y no paramos hasta que terminó. Así estuvimos por dos semanas viéndonos fuera de la escuela, hasta que le dije que no me sentía cómoda de andarme exhibiendo así con alguien que no fuera mi novio y de inmediato se me declaró. Sabía, llevaba días queriéndomelo pedir. 

Tras la noticia de nuestra relación, pronto en su salón se hizo popular, pasó de ser conocido como Feosberto a Bellosberto y mis amigas, que me hostigaban preguntándome qué le veía, también lo dejaron de hacer al ver que me daba la atención que quería.

Aunque lo malo de ese tiempo fue que corrieron al profesor de Literatura, supuestamente por incitarnos a llevar una vida poligámica y por insultar al santo y de inmediato lo sustituyeron con una monja, de la qué, por su actitud y edad, pensé que probablemente era la ex esposa de san Pablo. 

Dicha religiosa empezó por querer aclarar nuestras inquietudes con el santo, al que era fundamental para todo cristiano no cuestionar lo dicho; pero la única duda que hubo en mi salón, es que si en realidad san Pablo había sido tan feo como aseguró el profesor, característica que la monja no pudo negar.

Felisberto se portó como un caballero durante los primeros meses, pero la verdad es que no me enamoré de él como lo había pensado y tampoco con la misma intensidad que lo había hecho por Luis, principal razón por la que me negaba a tener relaciones con él, pues pese a todo lo que había dicho el profesor, que Felisberto a cada rato citaba, para convencerme que el hacerlo no demeritaba mi valor, le acabé casi por gritar, que eso no le quitaba el hecho de que yo quisiera que fuera un acto de amor. Me respondió diciendo que él me amaba y yo me quedé callada. No dijo nada, pero las cosas desde ahí empezaron a cambiar. 

Hasta ese momento él había sido lindo y tenido todo tipo de detalles, algo en lo que también acertó el artículo; pero ante mi insistente negativa de no hacerlo, que se fue radicalizando más con sus actitudes, empezó a cambiar su comportamiento. 

En el tiempo que no lo veía, no sé qué tanto imaginaba, que me empezó a mandar mensajes cada vez más insistentes, preguntando sobre qué hacía y de todo me pedía pruebas para comprobar la información. 

Luego me prohibió usar vestidos, me empezó a obligar a publicar por fuerza nuestras fotos. En las fiestas como no le hablaba a nadie, me insistía en que no me fuera a ningún otro lado; se enojaba si pasaba más de dos minutos con cualquier amigo o amiga y nada más quería estarme besando frente a todos. 

Hasta que un día íbamos a cortar. Estaba yo en mi casa y le dije que no hacía nada; pero cuando le mandé una imagen de mi sala en la que estaba acostada, se colaron los pies de mi primo. Habían venido mis tíos a comer, detalle que se me había olvidado decirle, y ya para cuando lo recordé, preferí evitar explicaciones. Contestó el mensaje con insultos de formas horribles, diciéndome en pocas palabras que yo era una zorra descorazonada. 

Con todo el coraje del mundo le hice una videollamada para demostrarle con quién estaba y él sólo me pidió ver a mi primo y sus tenis. Lo hice, colgué de inmediato y le mandé un mensaje donde daba por terminada nuestra relación. De inmediato vino a mi casa y me pidió una disculpa, argumentándome que había reaccionado así, probablemente debido a su inconsciente, que creía que quizás no la merecía y lo hacía actuar como un loco. Me explicó que nunca había tenido novia y le daba miedo cualquier cosa que amenazara su relación y que lo único que deseaba era saber si era la misma cuando no estaba con él. 

Yo no entendí bien, pero para callar su escandaloso llanto frente a mi familia me limité a decir que lo olvidaba todo. En el fondo quizá también le tuve un poco de lástima; acababa de conocer a su madre y en verdad que era una fea persona con él. Lo negaba como hijo frente a mí, diciendo que seguramente lo habían confundido en el hospital. Yo pensé que ese tipo de madres sólo existían en las novelas, por lo que me sentí mal y lo terminé perdonando de verdad.

III

Las cosas mejoraron por un tiempo; incluso Felisberto tuvo detalles impensables, como llevarme un hermoso ramo de girasoles, mi flor favorita, el día que cumplimos seis meses; pero todo terminó poniéndose peor. 

Poco después de eso, un día salí al baño y me encontré con Luis y me quedé platicando con él, sobre cómo nos iba ahora en la vida. La directora nos vio y nos mandó a su oficina. Dijo frente a Felisberto, que fue a verme a la hora de la salida, “estábamos haciendo no sé qué en los baños”. Se salió corriendo en ese momento. Yo le grité, intentando retenerlo, pero no pude hacer nada, tenía que quedarme en la dirección. 

A final de cuentas le pedí a Luis que me llevara a casa de Felisberto. Nos habían suspendido y le dije que era lo menos que podía hacer. Me bajé una cuadra antes, no fuera a ser que las cosas empeoraran. 

Ya estando afuera de su puerta, toqué, lo llamé, pero no me contestaba. Le pensé escribir por Facebook y descubrí en su perfil  que había escondido nuestra relación de su perfil. 

Ya cuando estaba a punto de rendirme, me abrió la puerta y me invitó a pasar. En resumen fue todo un berrinche, me abrazó y no dejó de llorar diciéndome que había tenido miedo de perderme, que él sabía que en la vida iba a encontrar a alguien mejor que yo. Pero que lo perdonara, pues era mi culpa hacerlo sentir dudoso. 

Cuando le pregunté las razones de las que desconfiaba de mí, era porque había leído que una mujer después de su primera vez no podía pasar mucho tiempo sin sexo y como yo no era virgen —él sí y yo le seguía dando largas en ese tema— no creía que le hubiera sido fiel durante todos estos meses. 

No fue hasta ese momento, mientras buscaba el artículo en su teléfono, como si con eso pudiera justificar su imbecilidad, cuando le pregunté cómo se le ocurría confiar en una publicación escrita por quién sabe quién, seguramente otro hombre traumado, como san Pablo.

Mientras seguía buscando, lo miré. Su piel cacariza y su enorme nariz seguían siendo las mismas; lo que había cambiado era la forma en que me veía, como si mi cuerpo fuera una discusión que él tenía que ganar. Volví a pensar en el profesor y concluí que, efectivamente, la culpa de todo era de san Pablo.

De vivir en nuestros días, también habría tenido un blog.

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