Mi abuela Mary y el arte amatorio entre hermanos

Para Ari Paredes

Como dije en el post de la semana pasada, tengo la fortuna de aún tener dos abuelas y cada una msuerece un breve retrato.

En esta segunda parte toca hablar de la mamá de mi mamá, María del Refugio, María del Re para mi abuelo y Wely para sus nietos y bisnietos. Una mujer hermosa y bella tanto por fuera y por dentro, pues ella desborda amor. No encuentro otra forma de poder nombrar y hacer síntesis de esta tierna mujer de toda la vida y hoy ya de 91 años, ella dice que ya son casi cien y esperemos que así sea.

Siempre ha sido muy divertido convivir con Mary. Hoy, el tiempo en su cabeza permanece congelado. Según mis cálculos, quince años atrás; aunque hay detalles, como mi hijo que tiene nueve, que a veces recuerda, aunque otras, me regresa a la universidad, preguntando por mis calificaciones, así como, ante su indignación, a los nuevos integrantes de la familia hay que presentarlos cada hora.

Su presente regresa al pasado, del que lo recuerda todo y yo gozo indagando en su vida. De niña le tocó ver a Lázaro Cárdenas en Tampico. Su familia era de Monterrey su padre fue superintendente de los Talleres de PEMEX, por lo que pronto, ante el auge de la petrolera tras 1938, se mudaron al puerto tamaulipeco. Fue la más chica de seis hermanos, por lo que desde que nació ha sido una auténtica consentida, amante de los dulces y crucigrama, debilidad que aún conserva.

Para Mary, a pesar de la muerte de su padre a días de sus quince años, la infancia, o al menos la imagen que ha formado en mi cabeza con sus historias, parece un lugar rosa lleno de amor. En ese tiempo en el que fue la princesa de la casa, sus pequeñas manos se dedicaron a algunas sesiones al aprendizaje del piano, mismas que por capricho de ella y consentimiento de su mamá y hermanos, que no querían que la niña pequeña sufriera, abandonó al muy poco. De esa breve instrucción, llegó a mi hermana y a mí la canción de Los changuitos; lección que ni ella, ni nosotros hemos olvidado. Una de las tantas formas en que mi Wely me viene a la cabeza y sobre todo aquel día que nos enseñó a tocarla en el viejo piano y desafinado de su hermana mayor, mi tía Lochita.

Es así como se cambian las decisiones, pues prometo que pensaba hablar de la historia de amor de mis abuelos, una de las que Mary, tierna mujer, más goza. Pero es el recuerdo tanto de mi hermana, como el de Rosa, Rosita, Lochita, que no es ejemplo de ninguna declinación del Latín, si no los nombres de la eterna compañera de mi abuela, que me sirve para hablar de otro amor que casi no nos asomamos, el de hermanos. Rol o función, que por diversas razones, va a la baja, pues rara son ya las familias con dos o más hijos y qué decir de las de más de diez, como las de muchas de nuestras abuelas.

Uno de los papeles que desempeñó por más tiempo Mary fue el de hermana, pues además de la gran cantidad que tuvo, poca fue la convivencia de la que fui testigo, pero supongo que es lo que pasa en una familia tan numerosa, con excepción, junto con mis primos, de la de Lochita, quien le lleva ocho años a Mary, es decir, en agosto del 2024 estaremos celebrando su centenario, y que a pesar de que los encuentros ya no son tan frecuentes como antes, sigue siendo su fiel compañera.

Cuando conocí a las hermanas Vivanco, icónicos personajes del cine nacional, la imagen que se me vino fue la de ellas dos, la de una solapando a la otra: ¿verdad que sí Mary? y Mary respondiendo que sí sin saber a qué; ¿verdad, que sí, Locha? y la otra igual, sin cuestionamiento apoyando a su hermana. Una dupla imbatible, con la que no había forma de ganar una discusión.

Cuando llegó mi generación, la diferencia de edad ya había quedado diluida en las tiernas arrugas de ambas. Lochita es una segunda abuela, que como Mary, tiene la misma tierna forma de amar. Pienso que es eso, la forma en que amamos; un lazo, poco advertido, que nos une también como familia. A final de cuentas, nuestro mito fundacional parte de la misma historia de amor que hay detrás de cada uno, afortunadamente o desafortunadamente, es la que, hasta que no tomamos consciencia, nos enseña a amar.

No todos aprendemos igual, ni lo mismo y que bueno. Pero a lo que voy es que agradezco a Mary y Lochita, porque en sus múltiples lecciones que dan en voz y ejemplo, ha estado la forma de amarse entre hermanos.

No es obligación de nadie llevarse bien con sus hermanos, quizás sea una de las relaciones personales que más chispas saca, por no decir complicada. Ahí están Caín y Abel y se abre un mundo infinito en la literatura y ni qué decir de la vida diaria, en los que no pienso desviarme. A lo que voy es que el conocimiento tan profundo del uno y del otro es un lugar muy fértil para que proliferen profundos y secretos dolores. ¿Ya vieron This is us?

Pero, quizá sea la alegría de ser tío la que me trae aquí. La de, que pese a todas las diferencias que podamos tener mi hermana y yo, nos amamos de manera cómplice, de esa manera que se da cuando se crece juntos y se disfruta del camino.

Agradezco a Mary la forma desinteresada en la que ama. Quizás por eso la vida ha sido tan generosa con ella, dándole una familia donde cada uno de su descendencia, 26, así como demás miembros la aman, cada uno a su forma, pero con sinceridad, porque nos educó bajo su forma tan bella de amar. Lo que ha sido, es y será su mayor legado.

Una respuesta a “Mi abuela Mary y el arte amatorio entre hermanos”

  1. Avatar de Lau
    Lau

    Qué bonito , verdad qué si Locha? ❤️

    Le gusta a 1 persona

Replica a Lau Cancelar la respuesta