Aunque es común que la Literatura esté plagada de protagonistas huérfanos, desde mi punto de vista, el príncipe Hamlet es quizás el más grande ejemplo de la sensación de angustia y vacío que se queda con los dolientes.
Shakespeare con Hamlet (1603) inventó dos géneros: el policiaco y el fantástico.
A final de cuentas Hamlet resuelve el asesinato de su padre, del que nadie sospecha sobre el culpable y lo hace, porque «habla» con el «fantasma» de su padre, quien supuestamente le revela la identidad del asesino. Pero, ¿no habrá sido el inconsciente de Hamlet? A final de cuentas, había un obvio gran ganador, Claudio, el hermano que se quedó con el reino y la esposa. El príncipe Hamlet llega a la boda y se le ve el enojo atorado contra la madre, Gertrudis. Lo sospecha, pero no lo sabe.
A lo que voy es que el género fantástico, por decirlo en pocas palabras, se sustenta en la doble lectura, donde si los hechos presentados responden a la «magia», a lo sobrenatural o tienen explicación lógica. Donde es al final la segunda la que gana. Pensemos como canon del género en La caída de la casa Usher, Los asesinatos de la calle Morgue, El escarabajo de oro y demás cuentos de Edgar Allan Poe.
¿Es un fantasma el padre de Hamlet?, ¿es realmente Mufasa a quién Simba ve en las nubes o una alegoría visual para explicar a los niños que escucha al padre que vive dentro de él? Aunque esto último suene ser un acto magia, no creo apelar más que a Freud.
Esto no pretende ser un ensayo sobre el género fantástico, sino que este año he descubierto a mi padre, el que hay dentro de mí, en la persona que soy. Lo puedo escuchar aún en mi toma de decisiones, no significa que siempre lo considere, a final de cuentas no compartimos expectativas, pero me es innegable no verlo.
Hay cosas obvias, como que él siempre fue el primero en levantarse y utilizar la mañana para leesi sr el periódico, libros, costumbres que también son mías y que igual mi hijo va a recordar de alguna forma y probablemente acabe repitiendo.
A veces también quiero ser más como él, replicar su tenacidad, procurar a mi madre como él lo hacía con la suya, salir a correr… A veces no tanto, cuando me descubro con las manos quitándome una uña del pie o sacando comida del refrigerador.
Mi padre no era un hombre cariñoso, al contrario; era árido en mostrar sus emociones. En mis ratos más iracundos provocado por él, le llegué a decir que tenía inteligencia emocional de un niño de cinco años, pues me resultaba frustrante su constante mal humor.
En conclusión, nuestros lenguajes de amor fueron distintos, pero los dos nos hablamos de amor. Hoy se extrañan los mensajes para saber cómo van las cosas, los desayunos de los domingos, los libros regalados y recordando mi librero y el de mi hijo, me doy cuenta que era su forma más común de mostrar amor.

Ahora veo mis libreros llenos y siento como si fuera ese roble de la canción, en. la que un hombre acaba de salir de salir de la cárcel y le escribe a su mujer advirtiendo, que si quiere verlo, basta con que amarre un listón amarillo al viejo roble. Cuando el protagonista se acerca, ¿cuál es la sorpresa? El árbol está lleno de listones de amarillos, así como nuestros libreros de libros.

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