Maduro merecer ser colgado de los huevos y en plaza pública

Nicolás Maduro no fue un gobernante fallido, ni un ideólogo equivocado: fue el administrador consciente de la muerte y violencia como método de gobierno.

Maduro fue un asesino, no mató con sus manos. Mandó a matar, que es peor. Mandó a disparar contra manifestantes, a torturar en sótanos, a desaparecer cuerpos, a ejecutar jóvenes en barrios pobres bajo la coartada de la “seguridad”. Cuando un régimen convierte la violencia en rutina y la impunidad en garantía.

Maduro gobernó desde la sangre fría. No la del estratega, sino la del burócrata del horror. Un burócrata que miró estadísticas de muertos como quien revisa inventarios, pues aprendió que matar no siempre requiere balas, sino que también con hambre, con hospitales vacíos, con medicinas inexistentes, con la espera interminable de quien sabe que no va a llegar a tiempo.

Justificándose en su ideología, papel de baño para limpiarse la cola, no se limitó a fracasar, sino que en nombre de esta justificó el daño a su pueblo. Convirtió la miseria en épica nacional, el éxodo en traición, el hambre en disciplina. Así como hizo de la pobreza un instrumento político y de la necesidad una prueba de lealtad. Eso no es izquierda: es crueldad organizada con retórica revolucionaria.

La última elección, un robó descarado le sirvió para cerrar la última salida pacífica; ahí el régimen dejó de fingir: se confesó dictadura.. Esto no lo hizo para gobernar mejor, sino para perpetuarse en el poder, en un vida llena de lujos y a costa del sufrimiento y pobreza de su pueblo.

Durante el Chavismo Venezuela se vació. Millones huyeron. No porque odiaran su tierra, sino porque la vida se volvió un sufrimiento constante. Un gobierno que expulsa a su gente no pierde legitimidad: pierde humanidad. Maduro no presidió una nación; administró un territorio del que la gente buscó escapar sin importar el costo de dejar todo.

Así Maduro tuvo que usar el dinero público para intentar blindarse, en seguir comprando lealtades, en comprar instrumentos para reprimir a su pueblo. En pocas palabras Saqueó a su pueblo para que el régimen y su vida de rey sobreviviera.

Llamar a Maduro asesino no es una exageración retórica. Es reconocer que cuando un Estado mata. No hay ideología que absuelva la muerte planificada, la tortura sistemática ni el hambre deliberada. No hay discurso que lave la sangre.

El castigo que merece además del odio debe ser la justicia histórica. Esa que perpetúa a los grandes criminales como referentes para que no se repitan los errores.

Maduro merece que su nombre quede donde corresponde: no entre los gobernantes controvertidos, sino entre los grandes criminales políticos que hicieron del poder una licencia para matar.

Porque hay líderes autoritarios, hay dictadores y luego están los hijos de pu… que cruzan la línea y convierten al Estado en un arma contra su propio pueblo, y es ahí está Nicolás Maduro y por eso merecer ser colgado de los huevos y en plaza pública.

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