La afirmación suena padre, incluso tranquilizadora. Pero, como todo lo que dice un político, es una vil mentira.
Decir que “los gobiernos de izquierda defienden la democracia”, como ha afirmado Claudia Sheinbaum, no es un análisis, sino un simple slogan engañapendejos.
Pues la democracia nunca se defiende por identidad ideológica, sino por comportamiento institucional. No importa qué tan nobles sean las intenciones declaradas ni cuántas veces se invoque al pueblo bueno y sabio: lo único que importa es cómo se comporta el poder cuando encuentra sus ontrapesos.
La izquierda —al igual que la derecha— ha producido gobiernos democráticos y gobiernos autoritarios. Pensar lo contrario sería bastante estúpido, pues significaría creer que una ideología política vacuna contra el abuso; cuando la historia demuestra exactamente lo opuesto.
Como dice CSP, si un gobierno de izquierda defendiera la democracia por definición, entonces al llegar al poder buscarían la forma de tener elecciones competitivas, tribunales independientes, prensa libre y alternancia real. Pero no ocurre así.
Cuando los gobiernos se sienten encarnación exclusiva de lo que llaman pueblo, empiezan a ver a la oposición como el gran enemigo a vencer, a los jueces como un estorbo y a la prensa que los cuestiona la atacan. En ese punto, la ideología deja de importar: el poder lo único que quiere es durar.
El problema no es la izquierda. El problema es el dogma de superioridad moral. Piensan los muy pendejos que la idea de que representar a “los de abajo” los autoriza a pasarse las reglas por los huevos; así como a reinterpretar leyes o descalificar adversarios. Ese camino es letal para cualquier democracia. No importa si se toma en nombre de la justicia social.
La diferencia real entre un gobierno democrático y uno autoritario no está en su programa económico ni en su retórica histórica. Está en una sola pregunta, incómoda pero decisiva:
¿Están dispuestos a perder una elección y aceptar el resultado?
Todo lo demás es montaje teatral
Las democracias no se sostienen con discursos «correctos», sino con renuncias: renunciar a controlar jueces, renunciar a usar al Estado contra críticos, renunciar a confundir mayoría con unanimidad. Cuando un gobierno empieza a creer que perder sería traicionar al pueblo, ya no gobierna: se justifica.
Por eso la frase “la izquierda defiende la democracia” no sólo está muy equivocada: es bastante peligrosa. Porque convierte a la democracia en patrimonio ideológico y no en regla común. Y cuando la democracia deja de ser una regla compartida, se vuelve un arma retórica: se invoca para ganar, pero se ignora para perder.
La democracia no necesita defensores que se autoproclamen virtuosos. Necesita gobiernos —sin importar la ideología— que acepten algo elemental y cada vez más raro: que el poder es prestado y reversible.
Quien no acepta eso, no defiende la democracia; sino, que la administra mientras le sirve.

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