La comodidad de sólo culpar al imperio

Decir que Estados Unidos, allá donde interviene, sólo deja miseria y no arregla nada es una frase muy escuchada en estos días. Se repite como si fuera una evidencia que vaticina el inminente futuro; pero en realidad funciona más bien como un alivio moral: si todo es culpa del imperio, nadie más es responsable de nada.

No se trata de decidir si Estados Unidos es bueno o malo, ese debate es absurdo e infantil, propio de quienes creen que la política internacional funciona como una cuento de hadas. La pregunta debe ser: ¿sus intervenciones han causado sistemáticamente más daño que las alternativas históricas reales?

Por supuesto que Estados Unidos se ha equivocado chingos de veces. Vietnam, Irak, Afganistán fueron un desastre. Mezcla de arrogancia y autoengaño. No podemos negar esos contundentes fracasos; pero no por eso podemos convertirlos en una ley: “donde entra Estados Unidos, todo se pudre”. Una posición cómoda y de cualquier estudiante de prepa básico.

Veamos el panorama más amplio: sin la intervención Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial hoy no existiría la Europa que conocemos hoy en día e incluso Alemania y Japón no habrían tenido la oportunidad de reconstruirse como lo que son hoy: grandes Estados de derecho. Tampoco Corea del Sur sería una potencia tecnológica; sería, en el mejor de los casos, un país congelado en la pobreza.

Nada de esto convierte a los EEUU en el gran salvador moral. Pero sí desmonta la caricatura del destructor universal. No todo es blanco o negro.

Desde mi punto, creo que el error más común es que esperamos de la realidad una fantasía: un mundo donde nadie interviene y todos respetan la soberanías ajenas.

Pero la comparación más honesta debe seer otra: ¿quién habría ocupado ese lugar y con qué consecuencias?

Rusia, China, Irán o cualquier otro aspirante a la hegemonía no han tenido resultados en donde la consecuencia haya sido la libertad y prosperidad. al contrario, donde dominaron dejaron Estados policiales, economías cerradas y sociedades silenciadas a través del miedo y la represión.

Hay además una diferencia estructural que suele omitirse: en Estados Unidos se puede ejercer la crítica sin tantas consecuencias. De alguna manera, han llegado a corregir el rumbo —a veces muy tarde, a regañadientes, no queriendo— pero ya sea por presión social, judicial, institucional o mediática. Eso no los hace virtuosos, pero no es la cerrazón de los otros imperios.

Estados Unidos ha causado mucho daño al mundo, sí. Pero no ha sido el gran origen metafísico de la miseria mundial que cierta izquierda necesita para explicar todos los fracasos propios. A menudo, culpar al imperio es más cómodo que mirar de frente a los tiranos locales, las élites corruptas o las ideologías que arruinan países enteros sin ayuda extranjera.

Criticar a Estados Unidos es necesario. Convertirlo en el chivo expiatorio universal es pereza intelectual. Y la pereza, en política, siempre termina siendo aliada del desastre humanitario.

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