El expresidente Peña Nieto hace casi una década sostuvo que la corrupción en México era un problema cultural. En su momento nos burlamos con locura, señalándolo como un gran cínico: la coartada perfecta de quien había administrado la deshonestidad como forma de gobierno.
Esa burla social, pienso, estaba cargada de una ilusión: que bastaba con cambiar al hombre de hasta arriba para corregir el sistema. Esa fue la fórmula que nos vendieron: que la corrupción, como las escaleras, se barría de arriba para abajo. Muchos, seducidos por esa retórica, creímos —o quisimos creer— que la llegada al poder de un político supuestamente honesto bastaría para limpiar la vida pública. El desencanto, para quienes tenemos algo de cerebro, fue veloz y profundo. La corrupción no desapareció; sólo cambió de discurso, de gestos y de ambiciones, revelando que no era una anomalía del poder, sino confirmando algo incómodo: Peña tenía razón, la corrupción es cultural.
Tras esta profunda y clara decepción que muchos nos llevamos con AMLO —una traición a una vida de lucha— resulta insuficiente seguir explicando el desastre únicamente por la ambición de poder y recursos. Ese argumento ya no alcanza. Si no que la llegada a la presidencia de éste, nos reveló con crudeza, el porqué la corrupción es un mal cultural: es solapada, tolerada y normalizada desde abajo.
Si algo dejó claro la llegada de López Obrador al poder es que somos una sociedad entrenada para obedecer, justificar y aplaudir. Cuando se instala la lógica de que “amor con amor se paga”, se genera un terreno ultrafértil para que la corrupción no sólo sobreviva, sino para que sean las mismas personas quienes, esperando algún beneficio, la legitimen.
La corrupción contemporánea no se sostiene únicamente por la audacia criminal de los políticos, sino por un amplio consentimiento social y los datos lo confirman: más del 65 % reprueba la gestión contra la corrupción. Y, sin embargo, la mayoría calla. No por ignorancia, sino por comodidad, por cálculo o por miedo. Un miedo eficaz: el de un poder que no discute, que descalifica, que estigmatiza y que convierte la crítica en sospecha moral.
Así, desde esta dicotomía en la que el aplauso es premiado y la crítica castigada con el ostracismo social, resurge con fuerza una personalidad inconsciente que arrastramos incluso desde tiempos prehispánicos: la del lamehuevos, dispuesto a todo con tal de ganar simpatía.
Así la obediencia política se vuelve el recurso más barato y más rentable del poder. No requiere represión constante ni censura abierta. No exige resultados, sólo lealtad comprada con migajas. No necesita transparencia, sólo fe. Un gobierno que consigue obediencia repartiendo limosnas no necesita convencer: le basta con administrar adhesiones y ofrecer coartadas morales.
Pero es aquí donde aparece la gran trampa. La obediencia se vende como virtud cívica. Se presenta como responsabilidad, como madurez democrática, como respeto institucional. Callar se vuelve prudencia. Aceptar se vuelve estabilidad y en muchos casos crecimiento salarial. Repetir se vuelve compromiso. Bajo ese disfraz, la obediencia deja de ser una conducta política y se transforma en una renuncia moral.
Porque obedecer sin juicio no es convivir en democracia; es abdicar del pensamiento propio.
Actualmente la obediencia ofrece, además de crecimiento laboral y salarial, una coartada perfecta para el lameheuvos que responsabiliza siempre al de arriba. Si algo sale mal, no es su culpa, pues él sólo obedeció y de esta manera la responsabilidad se disuelve. Nadie exige y solo aplauden.
El poder entiende esto mejor que nadie. Por eso no teme al disidente, ni al opositor. A quien realmente tiene miedo es al ciudadano que no obedece sin comprender, que no aplaude sin evaluar, que no confunde lealtad con lamer pelotas de manera incondicional.
El ciudadano obediente es predecible para el poder; el crítico es ingobernable. Por eso uno es premiado y el otro se convierte en un marginal.
La corrupción no es el exceso del poder, sino su síntoma más visible cuando el lamehuevismo se normaliza. Cambiar gobernantes, ideologías o siglas no altera esa lógica si la relación entre poder y ciudadanía permanece intacta. Un país de obedientes no se gobierna: se administra y con migajas.
Tras la llegada de AMLO debemos aprender que la corrupción no cederá cuando tengamos mejores leyes, ni cuando llegue el líder correcto, ni cuando el discurso moral se vuelva más convincente. Sino cuando ser lamehuevos deje de ser la opción más rentable y deje de funcionar como refugio ético y como excusa política.
Mientras tanto, conviene decirlo sin rodeos: no vivimos sostenidos por la audacia de los corruptos, sino por la disciplina silenciosa de los pinches lamehuevos.

Deja un comentario