• La izquierda y la derecha son marcos rígidos que obligan a definirse antes de razonar y a someterse antes de entender. Son doctrinas envejecidas: moldes que borran los matices y, peor aún, anulan nuestra capacidad de pensar.
• Las ideologías son refugios cómodos para quienes ya renunciaron a hacerlo. Los matices, en cambio, son el territorio de lo intelectual.

Durante décadas nos han repetido que el mundo se divide en dos puntos de vista: izquierda o derecha; progresistas o conservadores; “del pueblo” o “del privilegio”; individualistas o colectivistas. Dicotomías extremas que alguna vez —supongo— fueron útiles para explicar un periodo del mundo, pero que hoy funcionan más como un truco mental para evitar pensar y, sobre todo, comprender nuestra realidad.
En un mundo cambiante, acelerado, complejo, donde los adelantos y la desigualdad avanzan a velocidad exponencial, sería ingenuo creer que ideas diseñadas hace 150 años —o más— pueden ofrecer respuestas finas, reales y contemporáneas.
A decir verdad, cada vez que escucho a alguien autodefinirse como “pensador de izquierda”, lo encuentro cómico. Un gesto que despierta algo de ternura en mí, pues anuncia de inmediato los sesgos y prejuicios que no le permiten pensar libremente: revela que no ha sido capaz de matizar nada y que pretende que sea la realidad, al costo que sea, la que se adapte a las ideas en las que cree.
Digo “pensador de izquierda” porque, por nuestra educación priista, esa que enaltece una Revolución sin pies y cabeza, goza de mucho más prestigio cultural que la derecha, cuyos pocos “pensadores” apenas empiezan a definirse filosóficamente. Pero esa naciente derecha ha cometido un error simétrico al de la izquierda: en su afán férreo de demostrar que son lo contrario, se oponen a todo por igual. Ninguno de los bandos es capaz de reconocer que el otro, a veces, tiene razón. Ambos tienen puntos válidos, pero ambos están atrapados en su propia caricatura.
La derecha, por su parte, vive aferrada al pasado y, a diferencia de la izquierda, carece de toda capacidad para inspirar o de crear un horizonte moral. Se limita a repetir consignas decimonónicas que, lejos de ofrecer esperanza, evocan la sombra de Mussolini, Hitler o Franco con sus ejércitos detrás, imponiendo a un pueblo una sola idea de lo que debe ser un hombre.
“Dios, Patria y Familia” son sólo tres palabras vacías que, para muchos, sustituyen cualquier esfuerzo intelectual. Tres palabras que funcionan como un muro para no mirar un mundo diverso, desigual, tecnológico, interconectado. Un muro que impide comprender que, sin tolerancia a la diferencia, jamás habrá empatía hacia quien no es privilegiado. Esa trinidad emocional da identidad sólo a algunos y tampoco da ninguna respuesta.
Así nos han educado: entre polos. Porque esta polarización sólo le conviene a los políticos. Ninguno de estos bandos logrará nada mientras la mayoría piense apegada a su catecismo ideológico y rara vez desde matices que no sean emocionales.
El mundo no se divide entre izquierdas y derechas; se divide entre quienes piensan y quienes obedecen.
La realidad es un océano de matices
Aceptar una ideología completa es la forma más barata de dejar de pensar. Es una delegación de responsabilidad: “que Marx piense por mí”, “que Dios hable por mí”, “que mi partido me diga en qué creer”.
Pero en esta vida hay que estar tanto de acuerdo como en desacuerdo con todo. Los matices no son debilidad: son una forma superior de inteligencia. El que matiza comprende; el que repite, sólo obedece.
Las ideologías no dividen el mundo para explicarlo: lo dividen para simplificarlo, para que cualquiera pueda tomar posición sin pasar por el esfuerzo de pensar en serio.
Muchas veces es miedo al rechazo lo que nos impide ser quien cuestione lo establecido. Porque así nuestros traumas históricos han educado, a pasar desapercibidos, a permanecer calladitos.
La diferencia puede pagarse muy caro en este país. Pero el futuro será mucho mejor si matizamos, en lugar de encasillar todo en izquierda o derecha. Si usamos ideas de ambos lados sin jurarles fidelidad, sólo sentido común y ética. Si valoramos la justicia social sin fanatismos identitarios. Y, sobre todo, si entendemos que nada humano cabe entero en una sola doctrina.
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