Dice mi abuela que todo empezó por mí, que yo fui quien lo llevó. No sé bien qué piense, si lo que pasó ese día fue una clase de conjuro que se desató en el momento en que les di la noticia. Porque bien que me acuerdo: era domingo y, como siempre, comíamos todas en casa de ella. Yo iba con mi mamá, pero ese día, ya cuando llegábamos, vio que tenía los tenis sucios y me hizo regresar la media cuadra que separa nuestras casas.
Así que apenas iba de regreso, cuando escuché la noticia en la televisión de la carnicería. Me congelé, por lo que pude oír cada palabra que lo confirmaban en una transmisión especial, un grupo de seis mujeres, todas vestidas de negro —de distintos cortes, eso sí— la muerte de Juan Gabriel.
La verdad es que en ese momento, ya sin importar los juicios de mi abuela a mi madre por la suciedad de mi zapatos, corrí de regreso a su casa. Quise ser yo la primera que se los dijera a todas. Y bien que me acuerdo de cómo reaccionó cada una. A mi abuela se le fueron los ojos para arriba; luego mi tía Martha puso una cara, dijimos de momia, que todavía le seguimos recordando. Mi mamá, ya saben, con su “¡Dios mío!”. Y tía Laura invocó al Misericordiosísimo, y bien que lo recuerdo porque pensé que por qué decía así, si ella en cada oportunidad hablaba mal de la Iglesia. Y también, desde ahí, todas traemos al Misericordiosísimo para cualquier muerte: que se murió el Papa, el Misericordiosísimo; que Silvia Pinal, el Misericordiosísimo…
Lo que sí es que yo no sé qué pasó, pero en verdad todo empezó a suceder desde ahí. Primero, a la siguiente semana, fue la lavadora, que en su rechinido formaba los acordes de Querida. Pues clarito se parecía como si cantara ♫Dime cuando tú♫, en cada ir venir de las aspas.
Así para el siguiente domingo el timbre se había descompuso, por lo que y prometo que es en serio porque lo hacía al mismo ritmo de la canción, sonaba Noa-Noa. Así como ese día más tarde fue la sombra que hacía el árbol de la entrada, que formó la silueta, y desde ahí dijimos que era él, de Juan Ga, del que dijimos se había decidido venir a vivir a casa de la abuela.
No por ello las cosas pararon; al contrario. A la semana siguiente del timbre y la sombra, mi abuela nos puso a todas —hijas y nietas— junto a la chapa de la puerta para que escucháramos cómo hacía “¡Vaya, vaya!” igualito al cantante, y la verdad es que también, como le hace en Debo Hacerlo. Ya después, desde ahí, fue cuando los domingos se comenzaron a dividir en dos partes: por la mañana, con el desayuno escuchábamos sus discos, los que fueron de mi abuelo, y después, de una breve sobremesa, cada una con el oído ya “educado”, como decía mi abuela se dedicaba a recorrer de arriba a abajo la casa para descubrir en qué momento se hacía presente el fantasma del Divo de Juárez.
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