Porque hay quien prefiere creerles.
En el México moderno hay una pregunta que nos acompaña desde su fundación, una que repetimos con incredulidad cada vez que vemos a cualquier político torcer la realidad con la misma facilidad con la que respira: ¿Por qué mienten los políticos?
Aquí algunas respuestas, unas más incómodas de lo que me gustaría admitir:
porque pueden,
porque les funciona,
porque muchos prefieren escucharlos antes que pensar.
La mentira política no es un accidente; es un pacto tácito entre gobernantes que necesitan justificar lo injustificable y ciudadanos que, por comodidad o conveniencia —lamehuevismo—, aceptan cualquier explicación que les evite el cuestionamiento moral. No solo toleran la mentira: la agradecen, porque les resuelve el conflicto de apoyar lo indefendible.
Ahí nace una especie muy mexicana —aunque no exclusiva— de complicidad:
los que viven felices con una mentira que les es “suficiente” para salir del paso.
Los políticos incluso saben que esa mentira no se va a creer del todo, pero que les sirve a ellos para salir de la presa y a los suyos para contestar a quien se atreve a cuestionar su apoyo. Así se gestan: el pretexto cómodo, la coartada lista, la frase memorizada para defender al jefe político como si fuera un acto de fe.
Es un mecanismo perfecto: el político miente para sostener su poder; el ciudadano repite la mentira y así ambos construyen una muralla donde la verdad rebota.
Basta ver la comunicación del gobierno —ejecutada por talento muy mediocre— tras las manifestaciones y la violenta represión para entender cómo desde el poder se fabrican narrativas enteras para los ignorantes voluntarios: relatos simplificados, maniqueos, diseñados no para ser creídos, sino para ser funcionales.
Los políticos no necesitan convencer a nadie, solo necesitan aliviar sus culpas, adormecer conciencias, dar un trozo de historia fácil de digerir y difícil de discutir.
En el fondo lo saben: nadie les cree del todo, pero todos fingen que sí.
La mentira prospera porque siempre encuentra quien la repita.
Y conviene recordarlo: mentir no es un vicio exclusivo de Morena, ni de ningun partido o etapa histórica en particular. La mentira es el idioma cotidiano de todo poder; el cual no se sostiene por las mentiras, sino por los miles que, desde abajo, la apuntalan con entusiasmo, es decir, los lamehuevos.

Deja un comentario