La triste realidad de la oposición: una puerta de emergencia que no existe

Hay una verdad que debe dolernos a todos los mexicanos: la oposición no existe; existe el eco de lo que pudo ser y no logra ser: una salida de emergencia.

Durante los años del PRI como partido único, el PAN se presentó como una reserva moral; pero hoy esa brújula parece haberse descompuesto. Se mueve entre acusaciones de corrupción, puritanismo de cartón y dirigentes que usan la decencia solo como escenografía para el reconocimiento personal.

La oposición hoy en día no defiende principios: administra nostalgias. No disputa ideas: recita dogmas gastados que ya no conmueven ni al votante más disciplinado. ¿Qué es esa chingadera de «Patria, vida y familia»? Son un hazmerreír. La derecha mexicana solo envejeció y nunca maduró.

Movimiento Ciudadano, por otro lado, se dedica solo a jugar a ser joven. Es el partido que promete modernidad en sus redes sociales, mientras repite las viejas mañas en lo oscurito. Se vende como “la tercera vía”, pero en el fondo actúa como un aliado más del poder. Ahí también se comportan como cómplices para esconder la verdad, mientras presumen renovación con los mismos rostros de siempre, solo que con filtros y canciones buena onda. La estética nunca ha sido ideología, aunque MC insista.

Y luego están los demás: los partidos rémoras, aparatos de sobrevivencia que venden su logo, su silencio o su voto al mejor postor. Se esconden en la niebla ideológica para no responder por sus propios cuadros, muchos de ellos moralmente cuestionables. Son el recordatorio de que la política mexicana, más que un sistema, es un hábito: el de improvisar, camuflar, pactar, fingir.

Lo más duro de aceptar es que entre todos comparten una coincidencia secreta, casi vergonzosa: no creen profundamente en nada, más allá de la sobrevivencia. PAN y MC se dicen incompatibles, pero son compatibles en su vacío. Uno presume virtud; el otro presume modernidad que no va más allá de la publicidad; ninguno ofrece un rumbo claro.

Son partidos que hablan de futuro mientras negocian como si nunca hubieran salido del siglo XX. Son la utilería de una democracia que se sostiene a pulso, no gracias a ellos, sino a pesar de ellos.

Pero toda obra, incluso las malas, termina por exigir un giro. México no necesita una oposición perfecta. Necesita una que, al menos una vez, se mire en el espejo sin truco y pregunte: “¿Qué estamos haciendo para merecer el respeto de quienes decimos representar?”

Hasta entonces, la puerta de emergencia seguirá siendo eso: un rumor, un hueco en la pared, una promesa rota.

Por eso la ciudadanía debe buscar instintivamente activar esa puerta de emergencia: una salida a la mediocridad, un pasillo que conduzca a la decencia, alguien que haga política sin disfrazarse de influencer ni de cruzado moral. Esa puerta no aparece, ni la construyen los que no la buscan. Dejemos de pintar la pared donde debería estar esa salida que nos urge.

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