El vituperio —esa mezcla de burla, denuncia y golpe verbal— no nació como chisme ni como ocurrencia ingeniosa. Es una herramienta política antigua. Los romanos lo entendieron bien: una vez al año, durante las Fiestas de las Saturnales, el pueblo podía insultar públicamente a sus gobernantes sin castigo. Era un desfogue ritual, pero también una advertencia. Por unas horas, el poder escuchaba sin poder contestar. La sátira, tal como la conocemos, nace de ahí: de la necesidad colectiva de señalar la desmesura del que gobierna.
Con el tiempo la parodia y la invectiva dejaron de ser rituales y pasaron a las páginas. Juvenal, el gran satírico romano, escribió lo que muchos no se atrevían a decir en público. Su famosa pregunta —“¿Quién vigila a los vigilantes?”— es, en esencia, el espíritu del vituperio: recordarle al poder que alguien lo observa, lo cuestiona y lo desnuda.
Siglos después, la literatura siguió ocupando ese lugar incómodo. Reinaldo Arenas, en El color del verano, llevó el vituperio al límite. Parodió al poder cubano sin piedad, lo redujo a una caricatura grotesca, lo volvió risible. Y eso es lo que más temen los autoritarios: no la crítica técnica, sino la risa. Arenas entendió que el humor puede hacer lo que la censura no puede detener: liberar, desgastar, exponer.
Por eso la literatura ha sido, una y otra vez, el mejor instrumento de defensa popular. No cambia gobiernos, pero sí cambia el clima. Hace visible el absurdo, marca las contradicciones, rompe la solemnidad que sostiene al tirano. La sátira no destruye imperios, pero destruye la idea de que esos imperios son invencibles.
Y hoy, frente a la impunidad creciente de nuestro gobierno, el vituperio vuelve a ser indispensable. No es un capricho ni un exceso: es la única defensa que nos queda cuando las instituciones fallan, cuando el poder no rinde cuentas y cuando el silencio se vuelve cómplice. Vituperar no es faltar al respeto; es impedir que nos lo sigan faltando. Es el derecho mínimo de una ciudadanía que se niega a ser espectadora muda de su propio país.

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