La moral inflacionaria de la 4T

En México tenemos un nuevo tipo de inflación. Además de todo en el súper; aquí también «suben los precios» de la moral.

El problema es que esta nueva moneda política, que la 4T nos ha impuesto, se imprime sin límite, se reparte sin medida y, como toda billete sobreproducido, va perdiendo valor; lo alarmente es la velocidad con la que está sucediendo al país.

El fenómeno es simple: el gobierno ya desde el principio y basado en ideologías —que no quiere decir otra cosa que repetir y creerte ideas de otro (forman en que se distinguen los que no piensan por si mismos)—, decidió que él es quien define qué es lo bueno y lo malo. No la ley, no los ciudadanos, no la discusión pública: la narrativa oficial.

En este modelo, quien critica no ejerce un derecho: comete un pecado y éste merece ser juzgado por quiénes, aún a pesar de la impunidad con la que se manejan encubriéndose un sin fin de delitos, se siente superiores por tener el apoyo popular; una emoción dictada desde la emoción y lejos de la razón . Y cuando la emoción se vuelve ley, la verdad queda condenada de inmoral por contradecir «a la mayoría».

Para el gobierno quien duda no reflexiona: traiciona.
Quien piensa distinto no discrepa: ataca al pueblo y no es parte del pueblo, sino de la ultraderecha, cualquiera que sea eso, pero la masa a través de la emoción, sólo entenderá que es el gran enemigo y nada de lo que haga o piense debe ser tomado en cuenta: es el malo que te queire fregar porque quiere recuperar sus privilegios.

El problema no es la moral —que siempre es necesaria—, sino, cimentada en la ignorancia de la gran mayoría, su imposición de verdad.

De esta manera la 4T convirtió la virtud en un trámite burocrático. Su sello de aprobación. Una credencial para circular políticamente: “Aprobado por la causa”.

Todo lo que queda fuera del discurso oficial es sospechoso.
Lo que no entra en la liturgia se vuelve enemigo.

Y así es la manera en que se instala la inflación moral: si todo es virtud, nada lo es.

El gobierno declara que su proyecto es ético por naturaleza.
No porque rinda cuentas, sino porque sólo lo dice.
No porque sea eficiente, sino porque “representa al pueblo”.
No porque actúe bien, sino porque los malos son otros. Y si los otros ya se equivocaron en eso, en lugar de criticar que no se aprendió la lección pasada, se cree que también les da derecho a cometer los mismos errores.

Actualmente el poder se siente moralmente invencible, pero no son capaces de distinguir que cada vez sus seguidores están ahí no por convicción, sino por obediencia, buscan becas, quieren contratos, no perder el trabajo.

El mismo problema de todos los gobiernos que se autoproclaman justos: la convicción de su propia pureza se vuelve una licencia para ignorar errores, para minimizar abusos, para callar críticas.
Si el fin es sagrado, los medios se convierten en tecnicismos.
Si el proyecto es moral, los tropiezos son “golpes conservadores”.
Si el líder es virtuoso, los cuestionamientos son “ataques”.

La moral deja de ser brújula para convertirse en propaganda.

El individuo que piensa por si mismo les estorba; les es insoportable porque piensa, duda, matiza, cuestiona y no se traga y menos repite ninguna palabra de sus propaganda.

La 4 T quiere creyentes que no piensen y no pregunten. Un colectivismo moral que sólo es el camino rápido hacia el autoritarismo.
Una especie de ética emocional que sustituye al análisis, a la evidencia, al debate.

Una fe política que sólo es un mantra: “Estamos del lado correcto de la historia”; pero que cuando la dicen Adán Augusto, Andy, Los Datos Protegidos, Salgado Macedonio, Mario Delgado, y el gran etc., sólo puede partirnos de la risa.

La buena noticia es que la Historia nunca ha premiado los monopolios éticos. Al contrario, los dumuele cuando dejamos que el poder decida lo que es virtud y lo que no. En toda historia los gobiernos pasan y sus dogmas oficiales quedan como ruinas y cicatrices bastante incómodas.

La única moral que sirve es la que no necesita permiso del Estado.
La que nace de la conciencia individual.
La que no se imprime ni se reparte en conferencias matutinas.
La que no se negocia con lealtades políticas.

Lo demás —esa moral inflacionaria que se devalúa a diario— solo sirve para una cosa:
proteger al poder de la crítica y disfrazar la obediencia de virtud.

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