Envilecer el poder: el gobierno de Claudia Sheinbaum y la marcha de la Generación Z

“El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”, escribió Lord Acton en 1887, recordándonos que el ejercicio del mando es siempre una prueba ética antes que una conquista política. Claudia Sheinbaum tenía —y aún tiene— la oportunidad histórica de engrandecerse a través del poder: de demostrar que la primera mujer en gobernar México podía romper inercias, desmontar servidumbres y ejercer una autoridad fundada en la autonomía intelectual. Pero su feminismo, que podría ser fuerza moral, aparece subordinado a un liderazgo masculino que ella misma nunca ha intentado desprenderse: el de Andrés Manuel López Obrador, el hombre que la eligió, la impulsó y le impuso un equipo que no responde a ella, sino a él. Ese lastre no solo limita su gobierno; también condiciona su libertad. Y cuando un poder que pudo ser emancipador se ejerce desde la obediencia y no desde la independencia, la posibilidad de engrandecerse se malogra y el poder comienza a envilecerse.

Lo ocurrido con Edson Andrade —joven que como muchos convocó a marchar el 15 de noviembre contra el gobierno de Claudia Sheinbaum, exhibido desde el púlpito presidencial— confirma ese proceso de degradación. En una democracia madura, un gobierno fuerte dialoga con sus críticos; uno inseguro, en cambio, los persigue. La respuesta oficial ante un llamado ciudadano no fue la palabra ni el debate, sino la intimidación. La maquinaria del Estado se activó no para resolver un problema nacional, sino para convertir a un estudiante en lección ejemplarizante. Nada revela más fragilidad que un poder que necesita aplastar a un joven para demostrar fuerza.

El poder que se engrandece escucha. El que se envilece vigila, señala, hostiga. Y el Estado mexicano —al menos en este episodio— optó por lo segundo. Lo que debería ser una institución al servicio de la pluralidad se comportó como un aparato de control: confundió la crítica con amenaza, la discrepancia con traición, la protesta con delito. Gabriel Zaid diría que los síntomas menores anuncian enfermedades mayores: cuando el gobierno destina tiempo y recursos a vigilar ciudadanos en lugar de garantizar derechos, la democracia deja de ser un sistema político y empieza a convertirse en un temperamento, uno cada vez más autoritario.

Edson tuvo que huir de México por las amenazas de muerte recibidas. Este hecho, por sí solo, desbarata el discurso oficial de apertura y tolerancia. Que un joven abandone su país por expresar una opinión debería estremecer a cualquier sociedad que aspire a llamarse democrática. La libertad de disentir no es un lujo: es la primera señal vital. Cuando se ataca, se está atacando la posibilidad misma de la ciudadanía.

Pero el mayor peligro es la normalización. Que la gente empiece a pensar: “es natural”. Que la crítica se vuelva sospechosa. Que la protesta se convierta en expediente. Que el miedo administre la conversación pública. Así empieza siempre: primero con un joven, luego con un grupo, después con cualquiera.

El poder tiene derecho a muchas cosas, menos a perseguir a quienes no piensan como él. Puede equivocarse, puede rectificar, puede fallar: eso lo vuelve humano. Pero cuando utiliza su fuerza para intimidar, deja de gobernar y empieza a degradarse. El poder que persigue termina aislado; el que escucha, se fortalece. Y conviene recordarlo a quienes hoy creen que la autoridad es infinita: todo gobierno pasa, pero toda arbitrariedad queda registrada. La historia no absuelve a quienes confundieron el disenso con una amenaza; los señala.

Si un gobierno necesita temer a un joven para conservar su imagen, ese gobierno ya fracasó. Y si sigue por ese camino, no será la crítica la que lo derrumbe, sino su propia incapacidad de convivir con ella. La democracia resiste adversarios, pero no resiste gobernantes que le tienen miedo a la libertad. Quien hoy abusa del poder, que lo entienda de una vez: ningún mandato es eterno, pero toda persecución sí deja cicatriz. Y será esa cicatriz la que, tarde o temprano, los alcance. Porque nada envilece más que usar la fuerza del Estado para silenciar a un ciudadano —y nada desnuda más rápido a un gobierno que el miedo a la palabra libre.

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