Conferencia fomento a la lectura

El pasado 21 de octubre me invitaron a dar una plática para fomentar la lectura en jóvenes, aquí las palabras que les leí:


Nos pasa que cuando decimos “juventud” lo hacemos como si fuera algo tan natural; una definición basada en la edad, pero no es tan simple, es un periodo que nunca pertenece, sino sólo lo atravesamos. Giovanni Levi y Jean-Claude Schmitt, en su Historia de los jóvenes, demostraron que la juventud no ha existido siempre del mismo modo: cada época la ha inventado según lo que necesitaba de ella.


En la era de los griegos, ser joven era un periodo corto en el que se preparaban para la caza. En la Edad Media, significaba ser aprendiz o escudero: alguien que todavía no pertenecía del todo al mundo de los adultos, en el umbral del oficio y la guerra. En el siglo XIX, la juventud se volvió formación moral para que se fueran convirtiendo en ciudadanos: el joven debía aprender a ser productivo, disciplinado, virtuoso; preparándose para cumplir con su deber y servir a la nación. Luego llegó el siglo XX, el de los jóvenes rebeldes, el de los estudiantes que leían a los filósofos existencialistas en los cafés y que, ilusamente, creyeron que bastaba con la imaginación para poder cambiar al poder.  Pero hoy,  a un cuarto de avanzado el siglo XXI, la juventud ya no necesita permiso para pensar y ser diferente: su desafío está en no perderse entre todas las voces.

Así que podemos sintetizar que la juventud es el territorio de la posibilidad, periodo que se atraviesa generando un punto de fricción entre lo que se hereda y lo que todavía no existe. Es, dicho en pocas palabras, el momento en que cada generación vuelve a preguntarse: ¿qué sentido tiene vivir?


Ser joven es rebelarse ante lo ya establecido; pero la rebeldía no basta. Una rebeldía sin pensamiento es ridícula, desgastada, vacía, un ruido perdido. La rebeldía verdadera exige de una inteligencia despierta, una conciencia capaz de mirar el mundo y decir: esto es una mierda, pero quiero entenderlo para cambiarlo.

Octavio Paz escribió que la modernidad es la tradición de la ruptura. Y tal vez ninguna frase describa mejor a la juventud. Cada generación tiene que romper con la anterior para ser fiel a sí misma, pero esa ruptura solo vale si conoce aquello que se está rompiendo.

Romper sin memoria es ruido; romper con conciencia es creación.

Por eso la lectura importa: porque nos da raíces para que la rebeldía no se evapore. El joven que lee no repite el pasado, lo reescribe. En esa tensión entre heredar y reinventar, el pensamiento encuentra su energía. Esa es la juventud: la tensión viva entre la memoria y el porvenir.

Borges decía que uno no es lo que es, sino lo que ha leído. Y tenía razón. En cada lectura se amplía el mapa de lo que podemos sentir, imaginar y pensar; en otras palabras, conocer un poco más de nuestra alma. Leer es un acto de rebeldía silenciosa contra la costumbre. Cuando todo empuja a la velocidad, la lectura elige la lentitud; cuando todo grita, el lector guarda silencio; cuando todo pasa, el lector permanece.

La lectura es la forma más profunda de esa rebeldía. Porque leer no es obedecer: es volver a mirar lo que otros ya vieron y descubrir algo distinto. Cada libro es una chispa de insurrección: te enseña a pensar sin permiso, a comparar tus certezas con las de alguien que vivió hace siglos, a no creer en nada, a sacar propias conclusiones, que no son ideologías vacías, sino ideales propios, hechos por un individuo que no quiere ser parte de ninguna masa. 


Aunque vivamos en la era de la propaganda, el joven que lee no se conforma con la versión que le dan del mundo. Lee para no creer en las las apariencias, lee para darle forma y mayor certeza a nuestras dudas hasta volverlas lucidez. Y la lucidez —esa claridad que duele pero ilumina— es la forma más alta de la rebeldía.

La Ilíada y la Odisea se cantaron hace casi tres mil años, pero siguen hablándonos porque el deseo, la furia y la nostalgia siguen siendo los mismos. Cada joven que abre un libro renueva ese pacto antiguo entre la palabra y el fuego: leer es recordar que no estamos solos en el mundo. un acto de fe en lo invisible. 

Nos sentamos frente a unas manchas de tinta y, de pronto otro mundo se abre. Aparecen voces, rostros, ciudades, pensamientos, viajamos en el tiempo y por lugares que existen y que no; y, para mí, quizás los más maravilloso, es que nos volvemos contemporáneos de todos los tiempos: caminamos junto a Aquiles y Ulises, mientras vemos el polvo de Troya. Junto a Lancelot, cuando se juega el honor por un amor imposible. Junto a Hamlet cuando duda entre el ser y la conciencia. Junto a Sor Juana, que escribe para salvar su inteligencia del silencio. Junto al pobre romántico del joven Werther, que muere de amor y de sensibilidad. Junto a Fernanda Melchor, que nos devuelve la furia y la verdad de los cuerpos que el mundo no quiere ver.

En un mundo saturado de discursos, ser auténtico no consiste en “decir lo que uno piensa”, sino en pensar lo que uno dice. La autenticidad no es espontaneidad: es conciencia. Y el pensamiento, cuando nace del silencio, es más revolucionario que cualquier grito.

Por eso necesitamos jóvenes que piensen. Jóvenes que no busquen que influencers les dicten qué creer, sino que busquen testigos a los que les muestren el como ustedes  pueden vivir ardiendo por una idea. La juventud no busca recetas, busca ejemplos de intensidad. Y la lectura ofrece justamente eso: vidas encendidas en palabras.

Ya para concluir les puedo decir que, aunque suene a lugar común,  ser joven no es prepararse para el futuro: es estar en el tiempo para ensayar el futuro, el momento de equivocarse para aprender. Es vivir en el filo del tiempo; pero recuerden no hay juventud sin imaginación y no hay imaginación sin lectura.

La sociedad necesita de la energía de los jóvenes, pero de una que no esté domesticada. Necesita su capacidad de asombro, su desconfianza, su hambre de sentido. No para que repitan el mundo, sino para que lo reinventen con verdadero sentido.

La juventud no es una edad: es una decisión de conciencia. Ser joven es negarse a morir de costumbre, a aceptar la obediencia del pensamiento fácil. Es mirar el mundo y preguntarse, con toda la fuerza de la inteligencia y del deseo: ¿podría ser de otra manera?

Lean. Lean no para saber más, sino para ver en lo profundo. Lean para resistir la prisa del mundo de hoy, para pensar con su propia voz, para hacer de su vida una obra deliberada. Lean porque en cada página está el testimonio de alguien que también fue joven alguna vez y se negó a rendirse.

Y recuerden esto: la rebeldía no es una etapa de la vida, es una manera de pensar el mundo. Y pensar por sí solos, jóvenes, es la forma más bella de la insurrección.

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