Hoy en día la figura de supuestos «héroes revolucionarios» son sólo una bandera para una vulgar manipulación de masas.
Durante la preparatoria, algún 9 de octubre, llegué a pegar en la pared de mi salón un poster del Che Guevara para conmemorar su aniversario luctuoso. Por supuesto en el momento mi profesor de mate, el buen Gus, me hizo quitarlo, reconociendo la fecha y el homenaje que pretendía hacer.

Yo quería que mis compañeros lo conocieran y entendieran su causa. Un supuesto doctor que dejó todo para pelear por la igualdad. Algo que me parecía digno de admiración. La verdad es que uno lee sus discursos y los de Fidel y se conmueve e inspira. Aman la libertad, la filosofía y la poesía. Pero hay que poner atención. En su libro El hombre nuevo, base en la que se cimentó el castrismo, Guevara explica como debe ser esa igualdad de los hombres: «un obrero vigoroso , gallardo , trabajador , patriota , desinteresado , heterosexual , monógamo y austero». Su libertad partía de la imposición de ideas. Pasa lo mismo con Milei, que apela a libertad, pero a la libertad de la heteronorma y la de que el estado sea capaz de decidir sobre el cuerpo de otra persona.
Luego, leyéndolo e investigando sobre él, mi conclusión fue quién verdaderamente conoce al Che, desde mi lógica, no puede celebrar a un sujeto tan deleznable. Mucho se ha hablado de que la cara de este supuesto héroe se cuele dentro de las marchas del orgullo LGBTQ+ y cómo no, si a final de cuentas es el principal responsable de que hayan existido campos de concentración contra homosexuales en Cuba. ¿Quién con esa información se pondría una playera de ese sujeto? Supongo que un homófobo. En fin, su vida es un sin fin de incongruencias envuelta en un discurso bananero y emocional, que a la ignorancia, por tanto juventud, atrapa muy fácil.
Aún esos «humanistas» que apoyan el castrismo se atreven a juzgar de fascistas a todos los demás. Gritan que la derecha es criminal. Y es una verdad como una casa, pero el no aceptar que la izquierda también, es de verdadera risa loca.
En México pasa lo mismo. Durante los últimos cien años hemos adorado la figura de dos criminales como si fueran héroes. Se privilegia la palabras antes que sus acciones y vida. Pero hemos sido víctimas de una intensa propaganda. Ahí está el muralismo, el género conocido como novela de la revolución, el cine de «El Indio» Fernández, los desfiles, los libros de la SEP.

Zapata y Villa se imponen como imágenes cuasi religiosas. Olvidando sus crímenes para convertirlos en bandera de la gente ignorante, que sin cuestionar, repite sus consignas al servicio de parásitos políticos. Ellos si veían por el pueblo se dicen. Ternuras. Castro también y por eso su familia es millonaria; el Peje, a quien por tan miserable me da pena decir que apoyé, dice que también le importan los pobres, por eso sus hijos viven como reyes sin trabajar, por eso da recursos a un aeropuerto para que sirva en lugar de ayudar a damnificados. ¿Cuando ha hecho algo por los pobres con su dinero? Los juzga como mascotas. O peor aún, el parásito de Fernández Noroña.
En fin, creer en la Revolución es lo más priista que puede existir. Por eso antes hay que leer antes a Salvador Novo o a Enrique Serna que Paco Ignacio Taibo II. A Borges que a García Márquez. A Ayn Rand que Sabina Berman. Esta recomendaciones tampoco quieren mandar el mensaje de ser una verdad, ni que dejen de leer a los demás, todos pueden estar igual de equivocados; pero quizás ayude a eliminar los buenos prejuicios que se tiene a favor de «la izquierda», cuando es la misma porquería de lo que llamamos derecha.
¿Cuál es la diferencia entre la Rusia de Stalin, la Italia de Mussolini, la Argentina que pretendía Perón, la Alemania de Hitler, la Cuba de Fidel? Juzguemos acciones y no discursos.
En fin, la solución a la terrible derecha que amenaza el mundo, no puede ser estar cimentada en los falsos héroes de la izquierda, asesinos en su mayoría, corruptos, misóginos, incongruentes hasta la médula, egoístas y vigentes gracias al poder comercial que tienen su imagen.
La izquierda también debe evolucionar las ideas decimonónicas del trabajo y de la escuela. Dos conceptos tan romantizados, cuando el primero es un absoluta tortura y el segundo te forma solo para ser un engrane más al servicio de la oligarquía. ¿Qué educación enseña mejor a servirse a uno mismo en lugar de a cualqueir empleador?
Si hay una solución, en definitiva no está en ningún extremo, sino en lugar donde quepa absolutamente toda diversidad de pensar y expresar lo que se nos dé la rechingada gana. Así como políticamente se tomen decisiones por sensatez y no por ningún proyecto político.
Además de los héroes pasa lo mismo con los conceptos. Totalmente debatible, tengo un conflicto por el concepto de «igualdad», pues me parece imponer una donde no cabemos todos, eso que sostenía el Che Guevara, un hombre que claramente se siente Dios, sino por qué pedir a todos que piensen igual que él, cuando todos somos diferentes y qué bueno. Mi amigo Julián, allá por la semana de Pascua de 2001 me enseñó una frase (que atribuía sin certeza a Salvador Allende o al subcomandante Marcos) que nunca se ma ha salido de la cabeza:
«Encontrar lo que nos hace iguales, sin perder lo que nos hace diferentes».
Rendir tributo a alguien siempre terminará comprometiendo más allá de nosotros. Toda figura histórica y política está para cuestionar , no para adular. No hay ninguno que no haya peleado por sus propios intereses. Simplemente creo que es antihumano.
En fin, para conmemorar el desmadre romantizado a lo que llamamos revolución : ¡que vivan nuestras diferencias y que mueran todos los héroes! ¡Que viva la libertad de pensar y que mueran los ideales!

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