La verdad es que empecé a leer desde la adolescencia, pero nunca pensé que pudiera existir una carrera dedicada a un hobby.
Mi primer acercamiento con literatura fue por la poesía. Recuerdo bien haberle robado a mi papá los dos tomos de las Poesías Completas de Pablo Neruda. Era mi primer año de secundaria y yo empezaba a sentir emociones que sólo él podía definir.
Luego, en uno de los tantos viajes a la librería que hice con mi padre, me hice de un par de libros de Charles Bukowski, me lo recomendó un joven vendedor y dijo que me iba a gustar y fue muy cierto. A mis 14 años no había leído nada con ese arrojo y mucho menos sospechaba que pudiera existir. Entiendo porque siga habiendo tantos fans de este gran escritor; pues en la adolescencia suele ser entrañable y muestra un lado de las posibilidades de las letras poco enseñado en las aulas.
Así por Bukowski, como supongo les pasó a muchos, llegué a la editorial Anagrama, que se convirtió en fuente predilecta para conocer escritores. Sin saber, tomaba alguno que me llamara la atención y así fui descubriendo grandes autores, como Patricia Highsmith una de las mejores narradoras; Alessandro Baricco, Paul Auster, Jeffrey Euginides y sus Vírgenes suicidas. Y otros que no entiendo como siguen publicando como Amélie Nothomb.
Al igual leí mucho a José Agustín, devoré creo que casi todas sus novelas e incluso a Reinaldo Arenas y su conmovedora biografía. Intenté leer Pedro Páramo pero me pareció inteligible, al igual que El Quijote, Borges e infinidad de cosas que la gente recomendaba y hablaba como si fuera una maravilla y yo me sentía un poco estúpido por no encontrar lo mismo.
Carrera de la que poco sabía, pero que me rehusaba a estudiar, me daba una pereza impresionante tener que leer textos como de Sor Juana, del Siglo de Oro Español, Góngora, etc. Textos, que como la gran mayoría de las personas, pensaba serían una tortura.
Lo que sí quería desde muy joven fue querer ser escritor. Había leído a Ernesto Sábato, que era físico y que, aunque no estoy seguro que la cita, que es un parafraseo, sea de él, pero sabía que «al acabar la carrera de letras se está a la misma distancia de escribir una novela que haber estudiado alguna ingeniería.» Por lo que buena parte de mi preparatoria dije que iba a estudiar Historia.
Pero en esos momentos de decisiones importantes fue que llegaron dos libros a mis manos: mi amigo Juanito me prestó La vida que se va de Vicente Leñero, que no hay mejor lectura para un joven de 18 años y luego llegué a Los Detectives Salvajes. Primero se lo vi a mi amigo Rocky, otro gran lector de toda la vida y luego escuché en las noticias del canal Once que había sido distinguido con algún premio. Así fue como lo puse en el punto de cacería para hacerme de él en la siguiente visita a la librería con mi padre.
La novela recuerdo haberla devorado. Las hermanas Font, condensación de todo lo deseado para un adolescente con pretensión de escritor, me enamoraron; pero al igual lo habían hecho Juan García Madero, Arturo Belano, Ulises Lima y demás jóvenes que se creían poetas.
Lo inspirador, además del arrojo y pasión que sienten los personajes por la Literatura, era que el libro mismo estaba escrito por uno de ellos. A mí, lo supe tras acabar el libro, no me iba a pasar lo del poeta García Madero, que había sido obligado a ingresar a la Facultad de Derecho, cuando lo que quería era dedicarse a estudiar Letras, porque amaba la Literatura. Así es culpo Bolaño, que se convirtió en mi guía en inspiración en esos años mozos, fue que tomé la decisión de estudiar la fantástica carrera de Lengua y Literatura Hispánica.

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