Foto @Alannipa
Tengo la gran fortuna de aún tener dos abuelas. Tesoro del que voy a hablar en dos partes, pues cada una es tan diferente y merece un retrato propio.
No hay forma de no recordar a Nina, la mamá de mi padre, dentro de su cocina de la casa de Acambay, su espacio. El lugar desde donde a todos pone en orden y desde donde lanza sin ningún tapujo sus duros juicios.

Es probable que si un neurólogo se pusiera a estudiar a profundidad el cerebro de Nina concluya que los elefantes no tienen memoria de elefante, sino de Nina. A sus noventa y tres años no hay cosa que no recuerde; quizás eso sí, convenientemente se le olvidan algunas de sus impertinencias; pues Nina no tiene pelos en la lengua. Pero si se las recuerdas, le viene la risa con sus travesuras. Se ríe de su atrevimiento de haber dicho con sinceridad su pensamiento.
A diferencia de Funes, el memorioso, personaje de Borges que por un accidente empezó a recordar todo, perdiendo la capacidad de pensar (una crítica a aquellos «intelectuales» que repiten datos), Nina sí que piensa y tiene sus propias ideas. Dice mi madre y no se equivoca, una revolucionaria.
Nina en su niñez tuvo los mejores vestidos del pueblo. Su padre era sastre y viajaban a México por telas. Usaba trenzas, que en la escuela se las jalaba mi abuelo, que seguramente la conquistó por sus ojos verdes. Así como la vida, por ser la mayor de 10 (?) hermanos, la llevó a ser la madre de muchos de ellos.

Hay una imagen que es terrible, pero que cuenta entre risas. La de ella siendo víctima de maltrato físico por parte de mi abuelo alcóholico, «yo hacía como que me había matado. Tu papá lloraba pero yo nada más me quedaba ahí tirada». Nos contó Ninita hace poco y sólo pude conmoverme por ella y por mi padre. Entendí que todas las familias tienen heridas, que a veces quedan abiertas y otras se convierten en duras cicatrices.

Afortunadamente Nina y sus hijos tuvieron la fortaleza de ayudar a Chucho, mi abuelo, a hacerse responsable y salir de aquel terrible hoyo, a quien hay que reconocer su triunfo en esa infinita lucha. A mí sólo me tocó celebrar cada año de abstinencia. Algo que un niño es incapaz de entender, pero que al recordar me alegro y por eso puedo besar la cicatriz; que compartimos de origen en familia. De ninguno es culpa, pero se recuerda para no olvidarla y no volver a lastimar igual.

La escritura autómata, por llamar así a este impulso de ponerme a escribir los miércoles por la mañana a ver de qué y a ver cómo sale, (como pretendo hacer el blog, pues uno puede perder la vida en un post), lleva a caminos nunca planeados, pero a veces sirve para eso, para acariciar las cicatrices que deja la vida por ser vida y de la qué, por mucho que nos queramos engañar, nunca se tiene control.
Ante esto, y ya para concluir, Nina con su vida, con su infinita sabiduría que cargan sus palabras, entre otras infinitas cosas, me ha enseñado que solo nos queda la responsabilidad. No solamente de las decisiones que tomamos, sino también la que, quizás mas duele, la responsabilidad que nace del amor.

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