Los que me conocen saben que suelo ser amante de algunos de los muchos espectáculos vulgares.
El gran ejemplo es mi auténtico gusto por el programa de TV «12 corazones»; mismo que se encontraba desde mediados de la década del dos mil en cualquier estética respetable y que yo empecé a ver por ahí del 2012.
Lo hice después de escuchar lo que Aries contestó a la pregunta: ¿Qué buscas de un hombre?», declarando: «yo busco un hombre que me diga que me calle cuando me debo de callar». Lo que me pareció en ese contexto, de un brutal humor negro involuntario; por lo que lo volví a sintonizar y al poco me di cuenta que ese humor era inmanente en cada programa, por lo que me hice verdadero fan.
Otra de las claves para adquirir el gusto que a muchos les apena reconocer, fue el encanto de Penélope Menchaca, la conductora del programa, que además de hacer muy bien su trabajo, me parece de una agilidad mental privilegiada, que conjugada con la inocencia de la mayoría de los participantes, hace de la burla y la exposición al ridículo un verdadero arte.
El programa se convirtió en uno de mis entretenimientos favoritos y al muy poco, también lo fue de mis amigos con los que vivía en aquellos años. Rentábamos un departamento con una sala privilegiada acomodada entorno a una gran pantalla en la que se hizo muy común tener puesto a la hermosa Penélope Menchaca, que cuando llegaban visitas se asombraban por la religiosidad con la que veíamos y participábamos contestando a la televisión.
La gran mayoría de los visitantes reaccionaban igual, al principio con cuestionamientos sobre si era en serio que lo disfrutábamos y luego con sorpresa al confirmarlo. En ese momento, alguno que otro confesaba que también le gustaba, así como había quienes mostraban mayor reticencia, teniendo la osadía de pedir que le cambiáramos, lo que nunca sucedió.
El resultado de lo que terminó convirtiéndose en un experimento fue siempre el mismo. El programa avanzaba y al muy poco, no hubo ocasión en que la sala se convirtiera en verbena con la opinión de todos, emitiendo juicio y sentencias de lo que tuvo que haber hecho Tauro o Virgo. Lo que se volvía, en conjunto, un cuadro perfecto de lo grotesco y vulgar. En fin, bello espectáculo envidiable hasta para el propio Lope de Vega.
Es tratando de imaginar lo que puede suceder en la cabeza de una mujer, que como bien dijo la escritora Eve Gil, no teme mostrar su inteligencia a la hora de estar en el programa de donde nace este retrato, denuncia y tributo al reality show que más carcajadas me ha robado.
Les dejo aquí los primeros párrafos:
«Por la pasta, me he repetido la frase durante estos últimos dos meses, pero ahora que tomo consciencia, que ya estoy aquí, ¡qué va! Mi presencia en este programa es culpa de mi potroso inconsciente que no lo ha dejado.
Por supuesto él no tiene idea, pero no tardará en saberlo; es la única persona que conozco que no se pierde la transmisión; el único capaz de reconocer- me a pesar de esta ridícula peluca.
Es hasta este momento, en que estoy en la fila de salida y me veo en el espejo, vestida en negligé casi transparente; maquillada como gitana, que pienso sobre lo que podría pasar si me reconociera gente de mi gremio. Probablemente me cierren caminos profesionales, ¿quién confiaría en una Maestra en Letras que se anima a participar en esta clase de espectáculos? Me esmusa de tan sólo pensar la posibilidad.
Por si aún no lo han notado, el origen de mi nerviosismo es porque estoy a punto de exponerme en uno de los programas más cutres de la televisión, llamado 12 Corazones. Que para quienes no lo sepan, normalmente va de que, entre ocho damiselas y cuatro caballeros, a través de dinámicas, juegos e intercambio de ideas; es decir un cortejo, una conquista o ritual de apareamiento, como guste llamarlo, se formen tres parejas.
En esta ocasión, antes de firmar el contrato, nos comunican que al ser ocho chicas tan lindas, han visto como mejor opción dividirnos en dos grupos, por lo que había que invertir los roles. Es decir, ya no seríamos nosotras las que escogeríamos a nuestra probable pareja, como normalmente se hacía en la dinámica, sino que esperaríamos a que fueran los hombres quienes nos seleccionaran como su hembra deseada.
A mí no me gustó la idea, pero me bastó con lo que dijo Cáncer en su mal español, de que es mejor estar con alguien a quien le gustes más de lo que él a ti.
El primero, nos dicen para que elijamos nuestro concepto de preferencia, es un especial de vampiros y vampiresas; el segundo de policías y ladrones, donde las cuatro mujeres en lugar de ropa interior, como las vampiresas, llevarían un sensual atuendo de gendarmes, que de menos las cubriría más. Además, como tenían que esperar, les darían el doble del pago, pero preferí quedarme en la primer dinámica, porque había alcanzado a ver, estaría un sujeto idéntico a Camilo. Ahí supe que no lo hacía por dinero.
Antes de ir a maquillarnos nos entregan, junto con algunos productos de los patrocinadores del programa, una breve carta astral personalizada, así como el gafete con el que participaríamos. Veo que me llaman Libra cuando soy Piscis.
Me dispongo a reclamar, pero lo recuerdo. Si seré cabrona. Llené el formulario de inscripción con sus datos astrológicos, los de Camilo. Prometo que en ese momento no pensé que llegaría hasta este punto.
Regreso a mi lugar donde me pongo a leer: “Júpiter en Piscis muestra a alguien que puede tener económicamente una vida tranquila, pero difícilmente hará fortuna pues no es ambiciosa, se destacan por ser compasivas, creativas y con buen humor”. Aunque no me lo crean, clavado es él, de quien extraño sus chistes, las ingeniosas formas con las qué, cuando veíamos el programa, se burlaba de los participantes, colocándoles, sin pensárselo mucho, remoquetes certeros.
Imitándolo y usando el universo de las novelas de Benito Pérez Galdós, porque es lo primero que se me viene a la mente, rebautizo a Aries como Marianela, por su carencia de belleza; a Cáncer, Fortunata, por sensual y corriente; y a Escorpión, Rosalía Pipaón, pues su actitud engreída me recuerdan a la enemiga de Tormento, mi favorita.»

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